UAI

La IA traerá cambios radicales. Si habiendo tenido una formación y experiencia tradicional usted la integra apropiadamente en sus labores, aumentará su productividad. Citando a un colega: es como usar zapatillas para correr.

Haga este experimento mental: imagínese que desde el colegio descansó en esta herramienta. ¿Cómo sería hoy?

La respuesta es dura pero plausible: un inepto. ¿Y si le dan zapatillas? Sin haber aprendido las técnicas ni desarrollado las capacidades para correr, sería un inepto rengueando con zapatillas que se cree tan veloz como Usain Bolt.

Ese es el problema con la educación hoy. Es serio: quienes están comenzando sus estudios superiores se han servido masivamente de la IA en la educación media. Incluso en las mejores universidades del mundo que, se supone, reúnen algunas de las mejores mentes, está llamando la atención que muchos estudiantes nuevos son incapaces de realizar tareas básicas y desplegar capacidades y habilidades antes dadas por descontado. Y se multiplica y masifica su uso para hacer trampa en las evaluaciones (en Asia ya se detectó el uso masivo de lentes inteligentes).

Mi propuesta explicativa es que la IA viene a coronar un proceso con consecuencias nefastas para la educación, que comenzó con la masificación de celulares y se exacerbó dramáticamente con las RR.SS. Si ya Marx notó los efectos sociales disruptivos del telégrafo, y Freud del teléfono, imagínese los de WhatsApp: inmediatez, impaciencia, nerviosismo, cortoplacismo.

Súmele los golpes dopamínicos recurrentes de las RR.SS., idénticos a micro dosis de cocaína: cerebros adictos permanentemente interrumpiendo sus tareas (el norteamericano medio revisa su celular cada dos minutos en el trabajo, cerca de 275 veces al día) para obtener el siguiente shot (el rango de atención se ha reducido desde 2,5 minutos en 2004 a 47 segundos hoy).

Y ahora la IA: una tecnología capaz de realizar tareas complejas completas en modos que se pueden presentar como propias con una inversión mínima de energía humana. Para cerebros devoradores de energía, diseñados para ahorrar tanta como puedan, ahora impacientes, cortoplacistas y adictos a la gratificación dopamínica inmediata, es un atajo perfecto al que pocos se resisten. Pero sin esfuerzo sostenido no hay aprendizaje ni desarrollo de habilidades: no se generan las conexiones cerebrales que nos hacen cambiar y crecer. Es un camino a la ineptitud con consecuencias generalizadas.

¿Cómo despertar el deseo deaprender en los jóvenes? Hace más de cien años el pragmatista John Dewey nos dio una pista crucial: la educación no es preparación para la vida, es la vida. Lo que nos hace crecer como humanos. Mientras no se la vea así, algo difícil en sociedades que la valoran solo como habilitante para competir (y en que las notas no son retroalimentación sino fines), mi recomendación es simple: erradicar la IA de los procesos educativos.

Publicada en La Segunda.