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La democracia liberal es un gran experimento. El primer término expresa la idea de que todos los ciudadanos tienen el mismo valor y así la misma voz al decidir asuntos comunes. El segundo establece límites y controles estrictos al poder democrático. No todo vale. Hay derechos fundamentales y procedimientos que tampoco las mayorías pueden desactivar.

No pocos (en los extremos de izquierda y derecha) ven en estas cortapisas a la voluntad popular un elemento antidemocrático. Por razones diversas, abrazan la idea rousseauniana de que la voluntad general es siempre recta. Pero democracia sin límites es como un bus sin frenos: si la ruta es llana nos acomodamos disfrutando del paisaje. Pero al ponerse sinuosa o escarpada, o al ser conducido por irresponsables o dementes, asoma el despeñadero.

¿Es el gobierno de Kast iliberal? La pregunta ha agitado corazones con ocasión de la agenda de seguridad. Ella apunta a esa delgada capa liberal que oficia como control y límite de la democracia, interpelando si el gobierno acata o desafía ese consenso básico normativo que supera simpatías políticas específicas.

Lo suscriben socialdemócratas, liberales doctrinarios, y muchos conservadores (lo que explica el autoentendimiento oximorónico de tantos conservadores que se denominan liberales). Basta mirar la historia para notar cuán fundamental es la pregunta: los mayores males han sido realizados por Estados, aparatos burocráticos poderosísimos a los que es muy difícil oponerse.

El gobierno propuso una reforma constitucional que otorga poderes al Presidente para decretar un estado de excepción por ocho meses sin control del Congreso, restringiendo derechos y libertades básicas. El Presidente afirmó que no ha limitado la libertad de expresión, pero ahora reclama competencias que le facultan a ello.

¿Se puede entender esa potestad extrema en consonancia con esa capa de liberalismo que controla el poder emanado democráticamente? La respuesta, evidente para quien no se esté tropezando por torpeza o cálculo con sus pensamientos, es no. Entonces, ¿no es acaso una avanzada hacia una democracia iliberal? Sobran dos dedos de frente para responderlo.

Algunos alegan que no sería así. Lo probaría la disposición a recular y buscar consensos. Pero este argumento es un insulto: es condescendiente al suponer que hay que disculpar al gobierno porque no sabía lo que hacía. Tontería. Respetar a las personas implica tomarlas en serio, lo que en este caso significa considerar su propuesta como expresión de ideas que querrían ver realizadas.

La misma falta cometen quienes critican la propuesta careciendo del ánimo para calificarla de iliberal bajo la divisa de que una golondrina no hace verano. Por lo demás, es curioso que se sientan incómodos u ofendidos al ser señalados como iliberales, un término con connotación positiva entre los conservadores europeos que inspiran la Carta de Madrid.