Comunidades cerradas: ¿Cómo el capital social puede alimentar la política antisistema?

Cil | Publicado el 1 de junio de 2026

Comunidades cerradas: ¿Cómo el capital social puede alimentar la política antisistema?

Una nueva investigación publicada en el Journal of Regional Science desafía una idea usualmente arraigada en la opinión pública: que el capital social es, por definición, un activo democrático. El estudio, titulado "Voting Red Again: How Social Capital and Local Change Drove the Trump Swing", concluye que lo que importa no es cuántos lazos tiene una comunidad, sino hacia dónde apuntan esos lazos.

El trabajo, liderado por Pedro Fierro —Director del Centro Interdisciplinario de Liderazgo CIL UAI— junto a Andrés Rodríguez-Pose (LSE), Francisco Rowe (U. Liverpool) y Ellen Helsper (LSE), analiza datos de miles de millones de vínculos interpersonales en Estados Unidos a nivel de condado, cruzados con resultados electorales y trayectorias económicas y demográficas de largo plazo.

Los investigadores distinguen entre dos tipos de capital social. El capital de cohesión (bonding), compuesto por redes densas e internas —organizaciones cívicas, voluntariado, redes de apoyo entre personas similares—, aparece asociado a mayores márgenes de voto por Trump. El capital puente (bridging), que conecta a personas de distintos estratos socioeconómicos, opera en sentido contrario y actúa como estabilizador político.

Uno de los hallazgos más relevantes para el diseño de políticas públicas es que la decadencia económica territorial no se traduce automáticamente en voto antisistema. Su efecto político depende de la arquitectura social local a través de la cual se interpreta el cambio económico. En comunidades con vínculos predominantemente internos, el estancamiento material se convierte en agravio colectivo contra un establishment percibido como distante. En comunidades con más puentes entre grupos diversos, el relato populista de "nosotros contra ellos" pierde fuerza.

Los autores advierten que las políticas de regeneración económica para territorios rezagados pueden resultar insuficientes —o incluso contraproducentes— si no van acompañadas de esfuerzos por fortalecer los vínculos entre grupos. Inyectar recursos en comunidades cerradas sobre sí mismas puede, paradójicamente, financiar la infraestructura del resentimiento. La resiliencia democrática, concluyen, depende de construir puentes entre grupos, no solo de reforzar los lazos al interior de cada uno.

 

El artículo está disponible en acceso abierto en el Journal of Regional Science.