La antigua autopista del huiro: bosques sumergidos y el poblamiento de América del Sur

Artesliberales | Publicado el 22 de abril de 2026

La antigua autopista del huiro: bosques sumergidos y el poblamiento de América del Sur

Antes de que existieran caminos, ciudades o fronteras, hubo un corredor silencioso y persistente: el océano. Un nuevo estudio sugiere que, en sus aguas, los bosques de huiro pudieron haber sido clave en el poblamiento temprano de América del Sur.

Durante las últimas décadas, la narrativa sobre el poblamiento de América ha estado fuertemente anclada a la tierra firme, con grupos de cazadores atravesando Beringia. Sin embargo, hallazgos en sitios como Monte Verde, Pilauco y Tagua Tagua en Chile, así como en Brasil y Argentina, han ampliado la discusión, abriendo paso a hipótesis que consideran la costa como un espacio central en este proceso.

En ese contexto, el océano ha comenzado a ocupar un lugar más relevante. Una de las ideas más influyentes es la "Hipótesis de la Autopista del Kelp", que propone que los primeros humanos avanzaron bordeando la costa del Pacífico, aprovechando ecosistemas marinos ricos y predecibles. Hasta ahora, gran parte de la evidencia de esta hipótesis se concentraba en el hemisferio norte, pero un estudio reciente publicado en la revista científica internacional Frontiers in Ecology and Evolution aporta nuevas claves desde el sur del continente, ampliando su alcance hacia Sudamérica.

La investigación fue liderada por un equipo de la Universidad Adolfo Ibáñez, en colaboración con académicos de la Universidad Austral y del Instituto Milenio en Socio-Ecología Costera (SECOS). A través de modelos de distribución de especies combinados con datos paleoclimáticos, el equipo reconstruyó la presencia de bosques de macroalgas en tres períodos clave: el Último Máximo Glacial, el Holoceno Medio y el Período Cálido Medieval. Luego, cruzaron estos datos con evidencia de 38 sitios arqueológicos costeros entre Perú y la Patagonia. El resultado fue consistente: una superposición recurrente entre zonas con alta probabilidad de presencia de bosques de macroalgas y áreas de ocupación humana temprana.

"Lo que postulan los arqueólogos es que los bosques de macroalgas son un hábitat continuo; es decir, lo encuentras reiteradamente a lo largo de la costa", explica Bernardo Broitman, académico del Departamento de Ciencias de la Facultad de Artes Liberales UAI e investigador del SECOS. "Ofrecen un conjunto de recursos que son, en cierta medida, predecibles; sabes dónde los vas a encontrar. Es un hábitat abundante en recursos a lo largo de todo el año, lo cual es vital para una población en movimiento".

Más que una ruta lineal, los resultados sugieren la existencia de un mosaico de hábitats costeros productivos que, en conjunto, pudieron funcionar como corredores ecológicos para las primeras poblaciones humanas. A pesar de su relevancia, las algas son difíciles de rastrear en el registro arqueológico. A diferencia de conchas o huesos, su material orgánico se degrada rápidamente, lo que limita la evidencia directa de su uso. "El problema del estudio de las algas en contextos arqueológicos es la conservación. Al ser materiales orgánicos se degradan fácilmente y por lo tanto la evidencia directa es escasa", explica Carola Flores, arqueóloga y académica de la Facultad de Artes Liberales.

Sin embargo, Flores señala que existen múltiples formas de inferir su importancia. "La relevancia de estos ecosistemas se observa a través de restos secos o carbonizados, pero también indirectamente por las especies de peces, moluscos y otros organismos asociados a estos bosques. La evidencia muestra múltiples usos: como alimento, combustible o materia prima". Sitios como Monte Verde, en el sur de Chile, han aportado algunas de las evidencias más tempranas del uso de algas, mostrando que estas ya formaban parte de la vida cotidiana de comunidades humanas hace miles de años.

El estudio también identifica un patrón de largo plazo. A lo largo del tiempo, los bosques de huiro han respondido a los cambios climáticos desplazándose hacia los polos. Tras la última glaciación, su distribución se expandió hacia el sur, siguiendo la disponibilidad de aguas más frías. Hoy, ese mismo patrón se observa nuevamente, bajo la presión acelerada del cambio climático. "Estos desplazamientos hacia los polos se han documentado en distintas partes del mundo. Es una respuesta consistente de estos ecosistemas al calentamiento", advierte Broitman. "En el caso de Chile, la extensión latitudinal del territorio podría ofrecer refugios hacia el extremo sur, pero eso no significa que estén libres de amenaza". El aumento de la temperatura del océano, junto con la presión por la extracción de huiros, podría fragmentar estos ecosistemas, afectando su persistencia, particularmente en el norte del país.

La investigación propone una forma de entender la relación entre humanos y ecosistemas costeros en el largo plazo. Desde el desierto de Atacama hasta los canales australes, los bosques de macroalgas han sido parte del entramado ecológico y cultural de las sociedades costeras. "Este enfoque nos permite conectar el pasado ecológico con la historia humana", explica Daniel González-Aragón, coautor del estudio. "La modelación reconstruye dónde pudieron existir bosques de macroalgas, y la arqueología muestra que esos mismos espacios fueron utilizados por comunidades humanas".

Los resultados refuerzan la importancia de los ecosistemas marinos como entornos estables, productivos y conectados, que facilitaron la ocupación humana a lo largo del tiempo. En ese sentido, proteger estos ecosistemas no solo es una tarea ecológica, sino también histórica, porque en sus aguas densas y frondosas no solo habita biodiversidad, sino también parte del camino que siguió nuestra propia especie en el continente.