UAI

El sistema frontal que afectó recientemente a Chile dejó miles de damnificados y personas aisladas. Hace pocas semanas, fuertes terremotos golpearon Venezuela, dejando fallecidos, heridos y desplazados. Frente a estas catástrofes ocurre algo aparentemente paradójico: personas que también sienten miedo, incertidumbre y escasez deciden organizarse y ayudar a otros. ¿Por qué lo hacemos? Comprender cómo el cerebro transforma la preocupación por los demás en acción es una de las preguntas más fascinantes de la neurociencia.

Durante décadas, una respuesta intuitiva fue la empatía. Nuestro cerebro posee sofisticados mecanismos para comprender las emociones y necesidades de otras personas. Pero comprender no significa necesariamente actuar. Podemos reconocer que alguien necesita ayuda e ignorarlo. Entre comprender al otro y ayudar existe un paso fundamental: una decisión. Y esa acción suele implicar costos, ya sea tiempo, dinero o esfuerzo. El cerebro no sólo debe comprender qué necesita el otro, sino también cuánto podemos invertir. Pero, en sociedades desiguales como la nuestra, ¿qué ocurre con quienes viven con menos recursos y bajo mayor estrés? Podríamos pensar que la vulnerabilidad reduce la disposición a ayudar. Sin embargo, nuestras investigaciones sugieren una realidad distinta. Hemos observado que personas provenientes de contextos de mayor vulnerabilidad pueden presentar dificultades en algunos procesos cognitivos y sociales, sin que ello implique una menor motivación para actuar. De hecho, pueden mostrar una mayor disposición a realizar esfuerzo para beneficiar a otros.

Una posible explicación está en cómo el cerebro aprende a administrar sus recursos. A través de señales internas del propio cuerpo, estima continuamente con qué recursos cuenta para actuar. El estrés y la incertidumbre pueden modificar esta valoración y la forma en que decidimos invertirlos. Pero esto no conduce necesariamente al egoísmo. Cuando enfrentamos la adversidad junto a otros, construir redes de apoyo puede adquirir un enorme valor. En determinadas circunstancias, ayudar deja de ser simplemente un costo y el esfuerzo por otros puede volverse valioso en sí mismo. Cooperar puede convertirse así en una estrategia para enfrentar colectivamente la incertidumbre. Esta distinción tiene consecuencias importantes. Si queremos sociedades más cooperativas, quizás no baste con promover empatía. Necesitamos comprender qué transforma esa capacidad en acción y qué condiciones sociales facilitan ese proceso. Reducir el estrés crónico y la inseguridad, fortalecer las redes comunitarias o disminuir las barreras para ayudar podrían promover la cooperación. Por tanto, quizás no sólo debamos intentar cambiar a las personas, sino también construir contextos que hagan más fácil ayudarnos unos a otros.

En la reciente Semana del Cerebro celebramos lo aprendido sobre este órgano, pero comprenderlo también puede ayudarnos a construir mejores sociedades. Saber por qué decidimos compartir puede enseñarnos algo fundamental sobre el cerebro humano: nuestra capacidad para enfrentar la adversidad quizás no dependa sólo de los recursos que tenemos, sino también de nuestra disposición a compartirlos.

COLUMNA PUBLICADA EN EL MERCURIO DE VALPARAÍSO