Históricamente, el panorama de riesgos nacionales ha estado dominado por eventos sísmicos. Sin embargo, el período comprendido entre 2020 y 2025 ha marcado un cambio drástico hacia extremos climatológicos e hidrológicos. Evidencia existente sugiere que las empresas, incluidas las de las economías desarrolladas, muestran bajos niveles de preparación, delegando con frecuencia la responsabilidad de la mitigación al Estado.
Enfoques complementarios permiten comprender por qué algunos microempresarios adoptan iniciativas ecológicas mientras que otros permanecen reactivos. En primer lugar, el riesgo se percibe a menudo desde la perspectiva de la distancia psicológica. Sólo cuando un desastre se convierte en una experiencia vivida se establece el anclaje mental necesario para priorizar una respuesta.
En segundo lugar, incluso cuando se reconoce una amenaza, la capacidad de respuesta del empresario suele determinar el resultado. Finalmente, estos sucesos repentinos y de alto impacto alteran el statu quo y crean una oportunidad de aprendizaje rápido. Sin embargo, se suelen favorecer las adaptaciones visibles y directas por sobre los cambios estructurales para una verdadera resiliencia climática.
La evidencia empírica sigue siendo limitada en cuanto a si la experiencia directa de un desastre natural desencadena acciones proambientales por parte de las pequeñas empresas. Para tal efecto, llevé a cabo una investigación basada en la Encuesta de Microemprendimiento (EME) 8 —financiada por el proyecto Fondecyt 1240098—.
La evidencia confirmó que, si bien la exposición a desastres naturales influye en iniciativas tales como la reducción de emisiones, la eficiencia de los equipos y el reciclaje, la magnitud de esta influencia es notablemente desigual. Específicamente, mientras que el reciclaje y las medidas de mitigación inmediatas muestran aumentos significativos tras un desastre, el ahorro de energía y la reducción sistémica de emisiones siguen rezagados.
Cabe destacar que el porcentaje de microempresarios que participan en la mitigación integral sigue siendo bajo, incluso entre aquellos en regiones gravemente afectadas en los últimos cinco años. Esto sugiere que residir en una zona de alto riesgo no se traduce inherentemente en proactividad ambiental. En cambio, existe una marcada divergencia cognitiva y conductual entre la conciencia abstracta generada por la proximidad geográfica y la interpretación concreta y directa provocada por la exposición personal.
En conjunto, estos hallazgos resaltan que, si bien los desastres sirven como eventos clave para el aprendizaje, la proactividad resultante sigue siendo en gran medida superficial y reactiva. Una explicación es que los microempresarios suelen carecer de la flexibilidad organizativa necesaria —capital financiero o humano excedente— para ir más allá de las adaptaciones visibles y de bajo costo.
Publicado en ESG Hoy.