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Chile llegó al siglo XXI con una ventaja macroeconómica que pocos países de ingreso medio podían exhibir: una deuda pública de un dígito del PIB. Mientras otras economías acumulaban pasivos, el Estado chileno se financiaba con holgura.

Esa posición reducía el riesgo país, comprimía las tasas y dejaba margen para enfrentar crisis. En turbulencias globales, los capitales muchas veces no huían: entraban. Créditos hipotecarios más baratos, inversión de largo plazo, infraestructura posible. La estabilidad fiscal fue la historia silenciosa detrás de la expansión de la clase media y del capital que sostuvo el crecimiento.

Pero esa ventaja exige una mirada crítica. Un país de ingreso medio tiene razones legítimas para endeudarse: financiar inversiones que eleven la productividad —salud primaria, educación inicial, formación técnica, digitalización del Estado— o atender carencias que el progreso hace visibles. La austeridad era prudencia, pero también inversión insuficiente. Parte del malestar que estalló en 2019 pudo arraigar en esa tensión: un país ordenado y una sociedad cuyos servicios y oportunidades no siguieron el ritmo de las expectativas que el progreso creó.

La deuda vino después, y con fuerza. Si el bajo nivel dejó necesidades pendientes, el aumento era la oportunidad de atenderlas. El resultado es desigual, y en lo grueso preocupa.

Las transferencias mejoraron los ingresos de hogares con márgenes estrechos. Los países desarrollados muestran que redistribuir es compatible con crecer, bajo condiciones precisas: capacitación, mercados laborales flexibles y costos que preserven el valor relativo del trabajo. Aquí no se cumplieron: el empleo asalariado formal está estancado y la informalidad es alta.

La inversión en futuro es más discutible. Parte relevante del esfuerzo fiscal financió la gratuidad masiva en educación superior, en vez de priorizar primera infancia y educación escolar. El objetivo —que nadie con talento quedara fuera por falta de recursos— era correcto; el instrumento, ineficaz y caro. Un crédito contingente al ingreso bien diseñado protege mejor ese derecho, a menor costo fiscal.

Mientras tanto, el Estado acumuló programas sin evaluación y regulaciones que frenaron la inversión privada. La gestión pública quedó rezagada. La productividad se estancó. La deuda creció, sin fortalecer la máquina que debía pagarla mañana.

Ese es el balance. El aumento de deuda —de 4% del PIB en 2007 a 42% hoy, a un paso del 45% que el Consejo Fiscal Autónomo considera prudente— financió más alivios transitorios que capacidades permanentes, más promesas sin respaldo técnico que reformas con sustento.

El debate suele detenerse en quién gastó mal y quién ajusta bien. Pero Chile merece más que eso. El país fue confiable porque tenía reglas, prudencia y sentido de límite. Hoy el déficit estructural duplica el promedio de la década pasada, sin crisis que lo explique. Recuperar esa confianza exige evaluación rigurosa del gasto y una política capaz de decir que no, pero también de explicar para qué.

La deuda pública no es pecado: es una herramienta que puede construir un puente o cavar un hoyo. Y el hoyo se paga: perder un escalón en la clasificación crediticia encarecería el financiamiento de toda la economía en 30 puntos base; para las empresas, equivalente a subir el impuesto corporativo en cerca de tres puntos.

Y la disyuntiva reaparece ahora, en concreto. El proyecto de Reconstrucción Nacional y Desarrollo Económico —cuyo corazón el Congreso ya aprobó, a la espera de la comisión mixta— compromete menores ingresos hasta, al menos, 2032. Ese costo no lo condena: si de verdad levanta la inversión, formaliza empleo y eleva la productividad, la recaudación futura lo devuelve con creces, y habrá sido deuda que construye. Esa es, precisamente, la prueba que importa.

Porque la pregunta que debería ordenar ese debate, y el próximo presupuesto, es una sola. ¿Qué capacidad queda al otro lado de cada peso de deuda? Porque la más cara no siempre es la de tasa más alta. Es la que no genera retorno: la que se emitió para eludir una conversación difícil en vez de construir algo que la justifique.

Publicado por Ex- Ante.