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El 29 de octubre se conmemora el Día Internacional de los Cuidados y el Apoyo, una oportunidad para revisar cuánto hemos avanzado en los esfuerzos por compartir las responsabilidades de la crianza, un tema fundamental para el bienestar y desarrollo infantil. Sin embargo, mientras celebramos el creciente involucramiento de los padres en estas tareas, las mujeres siguen siendo las principales responsables del bienestar de sus hijos.

Una investigación de Campillai et al. (2026) presentada en la Universidad Adolfo Ibáñez, reveló una dimensión especialmente inquietante de esta desigualdad: los propios niños esperan más tiempo de calidad de parte de sus madres que de sus padres. La participación masculina es bienvenida y valorada, pero no está sometida al mismo nivel de exigencia.

El mayor riesgo de interpretar equivocadamente estos resultados consiste en homologar expectativas con aptitudes innatas según el género, justificando que sean las mujeres las responsables del cuidado. Con ello se reproduce la desigualdad a través de un argumento naturalista de acuerdo con el cual las mujeres estaríamos más capacitadas biológicamente para cuidar, cuando en realidad hemos acumulado históricamente esta habilidad. No se trata de una superioridad innata. Si a manejar un camión se aprende, a cuidar también.

De las madres se espera social y familiarmente que atiendan a los hijos, pero sobre todo que lo hagan más y mejor. En rigor, esto perpetúa la llamada maternidad intensiva, un modelo de crianza que sitúa el bienestar infantil al centro de todas nuestras acciones (desde el apego seguro hasta actividades extraprogramáticas enriquecedoras); y además, se instala un criterio de evaluación de la buena madre donde mientras más se invierta, más abnegada sea y más renuncias haga, mejores madres son.

Por esto la corresponsabilidad se pierde y se vuelve insuficiente; porque las madres siguen siendo las únicas evaluadas por su esfuerzo, muchas veces sobrehumano, por el cuidado y promoción de sus hijos. Confundimos intensidad con calidad, sin ver siquiera si esto se traduce es mayor bienestar.

Las expectativas de la buena madre son una trampa de género y su escala de evaluación también. En nombre del bienestar infantil, solo generamos más exigencia, sobresaturando la vida de las mujeres y empeorando las condiciones para el ejercicio de la crianza, porque siempre se puede pedir y justificar más (desde comida más saludable a más reuniones en el colegio).

La corresponsabilidad debería permitirnos cuestionar estas demandas, porque una crianza verdaderamente compartida por todos no solo suma participantes, sino que también debiera equilibrar qué esperamos de cada uno y cómo efectivamente cada uno contribuye al bienestar de los niños.

Publicada en La Segunda.