«Diagnósticos irreconciliables», dice Johannes Kaiser. Dos derechas que hoy se necesitan aritméticamente, pero una, la suya, mira a la otra con desprecio.
Para Kaiser, la derecha tradicional carga con dos pecados. El primero es la ingenuidad: Chile Vamos seguiría peleando las batallas de los noventa, sin advertir que la izquierda cambió de naturaleza y constituye hoy una amenaza existencial para la democracia. La premisa importa por sus consecuencias. Si la izquierda es una amenaza existencial, la política deja de consistir en articular mayorías y se convierte en una guerra contra un enemigo que debe ser derrotado. En esa lógica, la prudencia, que Burke entendía como sentido de realidad, pasa a ser ceguera, y todo acuerdo, una capitulación.
El segundo pecado es el feudalismo: una derecha de patronazgos, lealtades personales e intereses antes que principios, incapaz de sostener un proyecto de ideas. El reproche tiene un siglo de pedigrí en el propio pensamiento conservador chileno. Está en la denuncia de Alberto Edwards contra la fronda aristocrática: una oligarquía de clientelas, orgullosa de su autonomía, pero incapaz de subordinarse a una autoridad nacional o de comprender la política como construcción de Estado. Y está, de otro modo, en el juicio de Mario Góngora a una derecha economicista, más cómoda administrando intereses que pensando la comunidad política, sin verdadera noción de Estado ni de bien común.
La paradoja es que Kaiser denuncia la fronda mientras la ejecuta. Porque la crítica de Alberto Edwards era, sobre todo, un descargo contra el faccionalismo; contra la tentación de anteponer la parcela propia al gobierno común. ¿Y qué es la «oposición amigable» sino una versión contemporánea de esa lógica, ahora revestida de pureza doctrinaria? La renta de esa posición es evidente: influencia sin desgaste. Ahí está el verdadero spagat: Kaiser quiere tener un pie cerca del poder y el otro lejos de sus costos.
La confesión, además, la hace el propio Kaiser: «las posturas más duras son aquellas que entregan popularidad». Quien acusa a otros de anteponer intereses a principios defiende la dureza con un argumento abiertamente utilitario: conviene porque rinde. La intransigencia deja así de ser fidelidad doctrinaria y se acerca, peligrosamente, a un oportunismo rentable. Si Kast se modera, Kaiser denunciará captura; si se endurece, se atribuirá la corrección del rumbo.
En este escenario, hay un beneficiario silencioso: Parisi y el PDG. Frente a una derecha tensionada entre moderación institucional y radicalidad identitaria, el bloque dirimente sube de precio: cuanto más se fracture, más poder tendrá quien incline las votaciones desde fuera de la disputa.
Edwards ya lo sabía: la fronda nunca derrota al adversario; solo debilita al gobierno propio.
Publicada en La Segunda.