UAI

El temor a que la inteligencia artificial termine por desplazar a los seres humanos, e incluso atacarlos, descansa sobre una imagen binaria, demasiado simple de nuestro futuro tecnológico: nosotros de un lado, las máquinas del otro. Pero la relación puede observarse de otra manera, como una creciente trama de relaciones entre capacidades humanas y sistemas artificiales.

Desde esta perspectiva, el problema de la subsistencia humana y los dilemas éticos que de ahí se derivan cambian de lugar. Dejan de ser una competencia por el poder y pasan a ser una operación conjunta. Dichas relaciones no pertenecen enteramente ni a una persona ni a un algoritmo, por lo que podríamos considerarlas un circuito.

Un camino donde las interacciones entre individuos y tecnologías van y vienen, donde podemos incluir normas, instituciones y límites. De ahí que estos circuitos pueden ser considerados éticos.

Esto modifica también la pregunta sobre qué efectos podría tener la inteligencia artificial cuando nuestras decisiones, capacidades y responsabilidades comienzan a entrelazarse con ella. Por cierto este proceso estará lleno de conflictos. Puede ampliar capacidades humanas, pero también volvernos dependientes de ciertas operaciones que dejamos de realizar.

Puede distribuir una decisión entre múltiples actores y, al mismo tiempo, hacer más difícil identificar quién responde por ella. Puede facilitar el acceso al conocimiento mientras concentra en otros lugares la capacidad de clasificar, predecir o decidir. Quizás el futuro de la humanidad con la inteligencia artificial sea aquel que estabilice estas relaciones.

Visto de este modo, el riesgo de la inteligencia artificial cambia de forma. La imagen de una máquina que adquiere suficiente poder para volverse contra sus creadores convive con la ficción. Los circuitos, en cambio, permiten observar transformaciones que ocurren a medida que incorporamos sistemas artificiales a actividades que antes realizábamos de otra manera: conocer, escribir, diagnosticar, contratar, enseñar, crear o decidir.

Por eso resulta imperioso que las advertencias sobre un eventual riesgo existencial convivan con la cada vez mayor integración de estos sistemas en nuestra vida cotidiana. Mientras imaginamos el momento en que una inteligencia artificial podría independizarse de nosotros, humanos y máquinas se vuelven, en muchos ámbitos, y progresivamente, interdependientes.

Tal vez allí se encuentre una paradoja de nuestra imaginación tecnológica. Nos resulta más fácil pensar el futuro como una confrontación entre dos inteligencias que observar las relaciones que ya se están formando entre ellas. La pregunta por la condición humana frente a la inteligencia artificial puede ser, entonces, una pregunta por aquello que emerge cuando ninguno de los dos opera completamente por separado.

Publicada en La Segunda.