Octubre comenzó con imágenes difíciles de no asociar con otro octubre. El día 1, frente a un alza importante de la parafina, el ministro de Hacienda explicó que “hoy día nadie consume parafina, porque a estas temperaturas el consumo es mínimo”. Ese mismo día, la Confech marchó por la Alameda contra el Presupuesto 2027. Pocos días después, un río atmosférico devolvió la lluvia y el frío a la zona central. Las encuestas siguen mostrando pesimismo económico.
El viaje mental a octubre de 2019 es inevitable: frases percibidas como desconectadas de la ciudadanía, estudiantes en la calle y un malestar que parece acumular presión. Reconocemos las imágenes. El problema comienza cuando, de reconocerlas, pasamos a creer que ya sabemos cómo sigue la película.
Una manera habitual de entender el estallido es como problemas que se acumulan hasta superar un umbral: una suerte de olla a presión. Una variante de esa analogía supone que el pesimismo se transforma en rabia y ella, eventualmente, en violencia. Ambas intuiciones contienen algo plausible. Las condiciones de fondo importan, pero no son lo mismo que los mecanismos que convierten esas condiciones en acción colectiva.
Las condiciones de fondo describen el terreno: desigualdad, problemas económicos, frustración de expectativas. Los mecanismos explican el movimiento: por qué algunas personas se movilizan y otras, con agravios similares, no; qué actores, redes y organizaciones consiguen articular ese malestar; por qué una protesta localizada se expande; por qué ocurre en 2019 y no en 2015 o 2018; y por qué algunas formas de protesta escalan.
La investigación posterior ayuda a identificar algunos de esos mecanismos. Con Loreto Cox y Carmen Le Foulon mostramos que quienes se movilizaron con mayor intensidad no eran una muestra aleatoria de los descontentos: eran más jóvenes, más activos e interesados políticamente y, sobre todo, tenían mucha más experiencia previa de protesta.
Rodolfo Disi y sus coautores encuentran que la exposición cercana a protestas con actuación policial activa aumentó después la justificación de la violencia contra la policía. Parte del escalamiento puede producirse dentro del conflicto, no ser simplemente la descarga de una rabia acumulada.
El error de la olla a presión no es pensar que la presión importa. Es creer que, conociendo la presión, conocemos el desenlace. Las similitudes con 2019 son antecedentes relevantes, pero no permiten inferir un nuevo estallido. Tampoco descartarlo.
Siete años después, la lección es más útil que tranquilizadora: recordar imágenes parecidas no equivale a reconocer el mismo proceso. Los episodios de acción colectiva no se leen en un termómetro de malestar. Para entenderlos hay que observar no solo cuánta presión existe, sino los mecanismos que pueden transformarla en movilización, difusión y escalamiento.
Publicada en La Segunda.