De acuerdo con el último sondeo de Criteria, la emoción que más provoca el gobierno hoy entre los chilenos es la decepción. Este es un concepto de connotación dual: alude al pesar que se siente cuando la realidad no coincide con lo que se esperaba, pero -según la RAE- también al engaño.
Ya se ha escrito mucho sobre cómo esta administración ha gestionado la política con poca diligencia, en contraste con la destreza que mostró en su campaña electoral. Fue allí donde sembró sobreexpectativas que hoy no logra responder. Ese modo de hacer campaña aquí y en el mundo -de efectismo comunicacional y que tiende a sobresimplificar la solución de problemas complejos- contribuye no solo a que las expectativas no se satisfagan, sino también a que la legitimidad de los gobiernos se desplome y a profundizar la desesperanza ciudadana.
La decepción no se explica solo por expectativas altas; hay bases reales. Los problemas económicos se profundizaron, golpeando la certeza sobre los ingresos de las familias. La desilusión no parece ser solo contingente; podría estar sembrando un malaise de época que se asienta especialmente entre los más jóvenes. Ellos, que encarnan el orgullo y los sueños de sus padres -muchos por ser los primeros de sus familias en alcanzar la educación superior-, hoy temen por lo básico: contar con ingresos para costear la calidad de vida a la que aspiraron al estudiar.
Se incuba una brecha generacional de expectativas. Mientras un 44% de los mayores de 55 años cree que el país va por buen camino, solo un 15% de los menores de 35 años piensa lo mismo (Cadem). La brecha entre jóvenes y mayores se extiende también a la percepción positiva de su propia situación económica (38% vs. 49%) y a la comparación con sus padres: un 37% de los jóvenes no siente estar mejor que ellos en materia de ingresos, mientras un 45% de los mayores de 55 cree que sí (Bicentenario-UC). Por décadas, el anhelo familiar se asentó en lograr la movilidad social vía educación superior. Hoy se percibe que ese mecanismo pierde fuerza. A la incertidumbre económica se suma la tecnológica: son los jóvenes quienes más temen que los trabajos sean reemplazados por la inteligencia artificial (UAI-Mutual).
Ante la discusión presupuestaria, las señales del gobierno serán claves. Salir de la decepción requiere sensatez, pero también sentimiento: medidas tanto efectivas como acordes a lo que viven las familias. Pedirle al ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, más escucha no es buenismo ni populismo: es una demanda por mejor gestión. Hace un buen rato que los gobiernos modernos complementan la mirada puramente tecnocrática con enfoques como la Nueva Gobernanza Pública, que relevan la confianza ciudadana y la receptividad. Pasar de la decepción a la esperanza no dependerá solo de que mejore el desempeño, ni de que Quiroz sea “mucho más razonable, más realista y lúcido de lo que aparenta”, como lo describió el nuevo vocero, Gonzalo Arenas, sino de que las familias sientan que quienes gobiernan realmente entienden lo que les pasa -y las raíces profundas de su desilusión.
Publicada en La Tercera.