UAI

En los últimos meses la educación universitaria ha estado en el centro del debate. En un primer momento, el foco estuvo puesto en la duración de los estudios superiores: ¿son muy largas las carreras en Chile? Lamentablemente, las opiniones que se han vertido parecen olvidar que existen importantes diferencias en la forma en que se estructura la educación superior en distintos países; por lo mismo, las comparaciones han sido simplistas e inexactas. 

También hemos visto que se ha debatido sobre la conveniencia de haber masificado la educación superior en Chile en los últimos 35 años: ¿hay una sobreoferta de títulos en nuestro país?, ¿cuál es el retorno de estudiar una carrera universitaria?, ¿está el sistema universitario generando expectativas que para muchos estudiantes se verán inevitablemente frustradas? 

Son discusiones necesarias sin duda, pero por desgracia dejan intactas las preguntas más acuciantes que deberíamos enfrentar: ¿para qué enseñamos?, ¿qué tipo de personas queremos que la universidad forme? Reducir semestres sin interrogarnos sobre esto solo contribuirá a comprimir mallas curriculares, no a repensarlas, que debiera ser nuestro objetivo central en tiempos de transformaciones profundas como las que estamos viviendo en múltiples ámbitos: tecnología, geopolítica, demografía, por nombrar algunos. Esta es la misma inquietud que el rector de la UAI, Francisco Covarrubias, ya ha planteado en este espacio: el asunto de fondo es qué enseñan las universidades. Y para qué lo hacen.   

Es en este punto -en la pregunta por la naturaleza y propósito de la educación superior- donde la tradición de la educación liberal (desconocida en nuestras tierras, pero de larga data y prestigio en el mundo anglosajón) puede aportar significativamente a un debate que Chile no puede seguir postergando. Conviene ser preciso sobre lo que significa educación liberal, porque el término suele malentenderse. En pocas palabras, lo que ella busca es la formación del intelecto y del juicio como fin en sí mismo. El carácter “liberal” viene precisamente de esta libertad respecto de cualquier finalidad externa, como podría ser la obtención de una certificación profesional o de un determinado trabajo. Mediante el estudio e integración de múltiples disciplinas: filosofía, literatura, historia, arte, ciencia, entre otras, esta educación busca ante todo desarrollar la capacidad de pensar con rigor y profundidad, impulsando la libre exploración de ideas, la flexibilidad intelectual y la capacidad de conectar distintas perspectivas para abordar un problema u objeto de estudio.   

Conviene subrayar que la educación liberal -cuyo correlato curricular son los programas de Artes Liberales- no se opone a la formación profesional o especializada; por el contrario, puede convertirse en su más poderoso alimento. Hoy más que nunca vemos cuán valioso es en el mundo profesional un intelecto bien entrenado, capaz de discernir lo esencial de lo accesorio, de interrogar las cosas en lugar de simplemente aceptarlas tal como se presentan, de advertir los sesgos en que se sustentan nuestras certezas y valores, habilidades, todas ellas, que están en el centro de cualquier programa de Artes Liberales que se precie de tal. En este sentido, educación liberal y educación profesional están llamadas a integrarse en los planes de estudio y conformar una poderosa unidad. 

Es importante destacar, sin embargo, que el valor de la educación liberal va más allá de la formación intelectual y profesional. En su origen, la educación liberal fue concebida como una educación para la vida democrática. La democracia, vale la pena recordarlo, corre serio peligro si en la ciudadanía no hay pensamiento crítico, si en el debate somos incapaces de ver nuestras limitaciones y sesgos, si frente a la ingente cantidad información que está a nuestra disposición no tenemos herramientas conceptuales para evaluarla y jerarquizarla. Como sostuvo el profesor y filósofo estadounidense Joseph Tussman, en una democracia la educación liberal debería extenderse a todos los ciudadanos, precisamente porque todos comparten la función de gobernar y deben estar preparados intelectualmente para ello. Ya en 1945 el comité que redactó el influente informe de Harvard sobre el rol de la educación en una sociedad libre, advertía que una universidad que forma profesionales competentes en su disciplina, pero desconectados de la comunidad cívica, no ha cumplido la que debería ser su misión más importante: formar personas llamadas a actuar en la arena común, a jugar un rol en la construcción de una comunidad capaz de autogobernarse y, sobre todo, de preservar la salud de ese inestimable privilegio. 

En Chile tenemos que preguntarnos seriamente para qué existen las universidades y cuál es el valor más importante de la formación que ellas entregan. Solo sobre esa base podremos tener discusiones productivas acerca de la duración de las carreras y la masificación o contracción del sistema universitario. Como en todo, vale la pena mirar y aprender de las experiencias de otros. En este sentido, la educación liberal propone un camino que puede enriquecer significativamente nuestro sistema universitario. Así lo hemos entendido en la UAI, donde hemos integrado una formación profesional equivalente a 3,5 años con una formación en Artes Liberales equivalente a 1,5 años. 

Publicada en Ex Ante.