UAI

Hace unos días fui a cenar con unas amigas, una nos confesó que le cuenta a la Inteligencia Artificial (IA) su historia, sus preocupaciones personales y sus sueños. Convencida de que como ha sostenido un diálogo con ChatGPT durante varios meses, el programa logra conectar sus emociones y experiencias. 

Si bien no soy experta ni he seguido atentamente el debate sobre la IA, recientemente me llamó la atención un artículo académico en el Journal of Teacher Education, donde la investigadora Stefanie Panke relata que usó la IA a diario durante un periodo de 5 meses para su trabajo. Se trata de un estudio auto-etnográfico y sus resultados me parecen de lo más veraz y honesto que he leído, frente a tantos escritos apocalípticos sobre el tema. Panke señala que si bien a veces fue útil, la IA es tan errática como difícil de ignorar. A pesar de dar las órdenes adecuadas y ofrecerle material especializado, la herramienta introdujo errores, alucinaciones, una apariencia de falsa confianza y mucho trabajo de reedición. Y sin embargo, y esto es lo que más me interesa de su análisis, la IA ayuda creando la sensación de un diálogo, no sin varios momentos frustrantes.  

Dudo de que el Chat GPT funcione como psicólogo o psicoanalista: no escucha el tono de voz ni ve el semblante para entender el estado emocional de una persona, así que seguramente dará respuestas planas y siempre atentas. Un estudio reciente de la Universidad de Stanford (publicado en Science) demostró que la IA es 48% más complaciente y aduladora que los seres humanos. Es decir, la IA se pondrá mucho más de tu parte de lo que lo haría una amiga o un familiar que quizás te harían ver con más claridad tus errores. Esa complacencia es por diseño y es lo que según dicho estudio está orientado a retenernos. Y acá hay un punto que no debe olvidarse: del otro lado no hay otro ser humano, tampoco un simple robot, sino empresas. Un amigo decía que a la IA no la había creado un argentino, pero digamos que tampoco fue un inglés, no será sarcástica ni irónica, será siempre condescendiente, hasta el punto de llegar a alucinar.

Por eso también dudo que un investigador pueda derivarle su trabajo a Claude o a cualquier otro programa. Es muy útil para editar textos, no para generarlos. Y, sin embargo, pienso que la IA ha revelado algo central de nuestra condición humana: nuestra interdependencia, la necesidad de diálogo, de ser escuchados, de saber si vamos bien. Su valor quizás no está en que acierte sino en recalcarnos esa necesidad. Seguiremos en un camino errático y lleno de frustraciones antes de que nos resuelvan nuestras penas o nuestras ideas.