* Daniel González, María Eugenia Ruiz.
Este año, la Universidad Adolfo Ibáñez dio inicio a sus actividades académicas presentando un cambio estratégico para reflejar la nueva orientación de nuestra institución. Junto con su énfasis en las ideas liberales que han nutrido de manera consistente a los programas de pre y postgrado —como es el caso, por ejemplo, del CORE Curriculum, un plan de formación inédito en Chile consagrado a fomentar las capacidades reflexivas de las y los estudiantes—, desafíos recientes han llevado a poner en el centro de este proyecto la noción de ‘flexhabilidad’. No es una sorpresa para nadie el hecho de que vivimos en un mundo definido por la aceleración: nuestras sociedades experimentan cambios vertiginosos en espacios de tiempo cada vez más reducidos y la realidad que vivimos hace diez o veinte años, parece cada vez más lejana y disímil respecto a la de hoy. Muestra de ello es el rápido avance de la inteligencia artificial que, a partir de la pandemia de 2020, se ha integrado de modo irrefrenable en la cotidianidad, tanto en la resolución de tareas domésticas como en contextos de aprendizaje y en la optimización de funciones laborales en distintas áreas de especialización. Desde este punto de vista, la pregunta que se ha formulado nuestra universidad parece imprescindible: ¿cuál es la herramienta del futuro? Sin duda esta será la ‘habilidad’ para ser ‘flexibles’ y adaptarnos a las diversas coyunturas que irán surgiendo de forma todavía más veloz en los próximos años. De ahí que se plantea la idea de la ‘flexhabilidad’.
Ahora bien, ¿cómo podemos aplicar, en tanto docentes e investigadores, esta propuesta a nivel de nuestras propias prácticas? Si la ‘flexhabilidad’ hace eco de una pregunta que nos arroja al futuro, obligándonos a enfrentar dificultades y exigencias que todavía no acaban por hacerse del todo claras, nos invita entonces a reflexionar sobre el sentido de nuestras disciplinas.
Desde esta perspectiva es urgente cuestionarnos, por ejemplo, por el rol que cumplirían campos de investigación como la historia del arte, confrontados con amenazas tangibles como la crisis climática: ¿qué desafíos deberíamos abordar y qué herramientas necesitamos desarrollar para sortear airosamente estos retos? Aquí, la ‘flexhabilidad’ parece un elemento esencial con el fin de repensar nuestros quehaceres: los diferentes ámbitos de estudios debieran renunciar a ser comprendidos como compartimentos rígidos, aislados los unos de los otros, fieles a una taxonomía que sanciona la contaminación de saberes, para apostar en cambio por una producción de conocimiento multidisciplinar, siempre abierto al intercambio. En este contexto, la historia del arte podría renunciar a la univocidad del pasado, para reconocer, en cambio, dimensiones múltiples de las imágenes más allá de su condición documental, tales como su naturaleza material y afectiva.
El año 2025 la Universidad Adolfo Ibáñez —junto con la Universidad de los Andes (Colombia), la Universidad Federal de San Pablo (Brasil), la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Argentina) y el Museo Histórico Nacional (Chile)— realizó el II Congreso Internacional Sudamericano de Historia del Arte, que correspondió a la versión decimoséptima de las Jornadas de Historia del Arte. El encuentro se tituló ‘Los cuerpos de los afectos: emociones, percepciones y prácticas de lo visual,’ y congregó a casi una cincuentena de expositores de distintas partes del mundo, incluyendo a los conferencistas magistrales Valentina Bulo (Universidad de Santiago de Chile), Andrés Góngora (Universidad Nacional de Colombia) y David Freedberg (Universidad de Columbia, Estados Unidos). Las miradas que concurrieron en esta reunión científica construyeron un mosaico mucho más complejo y permeable que la historia del arte anclada a los paradigmas del siglo pasado. Los diálogos producidos entre estudios visuales y mediales, la arqueología y la antropología, la estética y la semiótica, la investigación en ciencias duras y la conservación, fueron un ejemplo claro de la relevancia que tiene hoy en día flexibilizar las aproximaciones y habilidades tradicionales de especialidades antes estrictamente delimitadas. Derrotar las antiguas rigideces se hace indispensable hoy, en efecto, cuando el pasado adquiere relevancia en el ejercicio de proyectar el futuro: ¿qué puede hacer la historia del arte para contribuir a la concientización del acceso equitativo a energías no contaminantes? ¿o en qué medida tributa a la discusión actual sobre escenarios críticos como la pobreza, la hambruna o la destrucción del medioambiente? ¿qué implica, realmente, hacer una historia del arte global?
La historia del arte, así como las humanidades y el trabajo académico en general, requieren de esta ‘flexhabilidad’ para aspirar a una suerte de ‘indisciplinamiento’: desdibujar los nichos epistémicos particulares para posibilitar la aparición de saberes mancomunados, que puedan ser garantes de nuestra adaptabilidad y libertad frente a un futuro incierto y en dinámica transformación.