Durante el año 2016 ocurrieron acontecimientos extraordinarios. Triunfó el Brexit, Donald Trump ganó su primera presidencia y en países como Francia, Holanda, Grecia, Polonia e Italia la extrema derecha —o “derecha alternativa”— avanzó de manera notoria. Ese año tuvo el raro privilegio de ser una línea divisoria señalando el fin de una época y el comienzo de otra.
Podría decirse que entonces empezó la era postliberal en la que vivimos; se impuso la demagogia desatada del “populismo paranoico” y comenzó el desplome de las élites, en particular de esa clase global de profesionales calificados, educados y cosmopolitas que hablaban un mismo idioma y articulaban un consenso en el centro político.
Los partidos tradicionales se desintegran y surgen nuevos movimientos populares que, con poca o ninguna base ideológica, convocan a mayorías volubles e impredecibles, que demandan soluciones prácticas e instantáneas. La política se convirtió en una especie de película de superhéroes con buenos y malos más o menos grotescos. Discursos que poco tiempo antes eran minoritarios o vergonzosos, como el nacionalismo y la xenofobia, se volvieron masivos y altisonantes.
En 2016 el diccionario Oxford determinó que la palabra del año en el mundo anglosajón era el neologismo “post-verdad”, que alude a “circunstancias en las cuales los hechos objetivos son menos influyentes para la opinión pública que las emociones o las creencias personales”. Otro diccionario anglosajón, el Merrian-Webster, destacó la expresión “rigged-system”, un sistema amañado o manipulado por la clase dirigente para su beneficio. Las dos fórmulas dominaron casi todas las campañas políticas de ese año fatídico, propagando paranoia y sembrando la desconfianza.
El historiador Richard Davenport-Hines, en su libro Enemies Within, sobre los famosos “cinco de Cambridge” —Kim Philby, Guy Burguess, Anthony Blunt, Donald Maclean y John Cairncroos, los espías británicos que pasaron secretos a la Unión Soviética—, sostiene que el mayor daño causado por estos traidores fue lograr que el público general perdiera la fe en el establishment, y que eso mismo ocurrió hace diez años con la campaña del Brexit que se articuló llamando a desconfiar de los expertos, avivando la fantasía según la cual la opinión de un individuo calificado vale tanto como la tincada de cualquiera.
El 2016 fue cuando comenzó a hablarse de las fake news. Nadie puede atribuirle el triunfo del Brexit a los espías de Cambridge, pero el daño que le hicieron a la confianza pública persiste y se ha extendido.
El legado de 2016 es un mundo que parece ingobernable, volátil y nervioso. Si no fueron los espías, tal vez tenga relación con el triunfo de las redes sociales y la manera de hacer política que trajeron consigo, basada en las emociones, la indignación moral, la victimización ficticia y eso que los españoles llaman el postureo ante la pantalla del teléfono.
Publicada en La Segunda.