En 2023 Darío Amodei, director ejecutivo de Anthropic, advirtió que la Inteligencia Artificial podría eliminar la mitad de las vacantes a los empleos de oficina en cinco años. Hace poco, él mismo predijo que en cuestión de meses la ingeniería de software iba a terminar como profesión. Un par de semanas atrás Elon Musk dijo en The Economist que la principal amenaza al empleo humano no era la IA, sino que los robots.
Nos vamos acostumbrando a estas predicciones fatídicas, y con ese ánimo he estado hostilizando a mis conocidos preguntándoles a qué piensan dedicarse cuando alguna máquina les quite su trabajo. Las respuestas que recibo son muy similares. Algunos me han dicho que podrían dedicarse a la carpintería hípster, con barbas largas y overol, al cultivo de hongos medicinales.
Otros quieren explorar la masa madre o la cerámica artística, con moño y jardinera. El problema de estas respuestas, algo psico-mágicas pero loables como esfuerzos de conversión ocupacional, es que suponen que habrá un público interesado en comprar sus producciones artesanales.
Detrás de estas indagaciones está la lectura de un excelente artículo de Steve Loftus en la revista británica The Critic, que me ha parecido uno de los diagnósticos más inteligentes sobre la pesadilla que se nos viene. Loftus advierte que, a diferencia de todas las revoluciones tecnológicas del pasado, la IA no solo promete automatizar los trabajos mecánicos o rutinarios, sino que rivalizar con la inteligencia humana en todo el espectro de las actividades humanas remuneradas.
Esto, según advierte, pone al capitalismo frente a un dilema existencial: la IA promete entregarle a este sistema todo lo que siempre ha perseguido—maximizar la eficiencia, bajar los costos y elevar la productividad— pero sacando de su esquema de funcionamiento un pilar fundamental: los sueldos humanos.
Si desaparecen los ingresos que sostienen la demanda, esta se hunde y nadie tendrá como costear ese dorado y crujiente pan de masa madre o esa mesa hecha a mano por un exabogado reconvertido en artesano.
Este pronóstico podría por fin resolver esa famosa máxima, tantas veces repetida, según la cual sería más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Así, como si se tratara de una profecía ancestral, el capitalismo sería como un demiurgo o un titán que solo podrá sucumbir por su propia mano.
Loftus no solo se pregunta si es posible que el capitalismo termine destruyéndose a sí mismo, sino también cuál será la respuesta que la política ofrezca ante el apocalipsis laboral que se avecina. El problema, observa, es que todos nuestros lenguajes políticos se construyeron pensando en un mundo en el cual el trabajo humano ocupaba un lugar central.
El capitalismo asume escasez, sueldos y consumo masivo. El socialismo, por otro lado, asume producción humana y conflicto político sobre la forma cómo dividir estos productos. La inteligencia artificial, afirma Loftus, desestabiliza estos supuestos de un solo golpe y nos deja colgando.
Publicada en La Segunda.