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Una de las cosas que me dejó octubre del 2019 es que nunca más volví a confiar en los diarios extranjeros como antes lo hacía. Porque si eran capaces de publicar las inexactitudes que leía sobre lo que estaba viendo en las calles de mi ciudad, nada me aseguraba que no hicieran lo mismo en sus despachos desde otros lados del mundo. Era mejor salir y reportear, y para eso no hay nada mejor que subirse a una bicicleta.

El domingo pasado hice eso mismo y salí a pedalear por plaza Italia y las calles del centro, en medio del gas lacrimógeno, los chorros de agua del guanaco, y los anarquistas lanzando piedras, quemando basura y corriendo por las calles. Ya de vuelta, me detuve a conversar con unos carabineros instalados en el puente de Pío Nono, tres hombres jóvenes vestidos como tortugas ninja que según me dijeron se habían preparado para lo peor, y que si bien ese día habían vivido momentos duros, las cosas habían estado tranquilas.

Uno de ellos me dijo que la jornada había sido similar a la del 2020 y, con una candidez que me sorprendió, agregó que esperaba más conflicto porque a los manifestantes no les gustaba el nuevo presidente. Luego agregó que en realidad no les gustaba ninguno.

Yo, después de leer a los columnistas y comentaristas de esa mañana, con sus interpretaciones de lo ocurrido siete años, pensé que la ciudad entera iba a volar por el aire. Todo lo que decían aplicaba perfecto al presente. Hubo, además, una convocatoria masiva desde distintas agrupaciones y partidos, con un llamado tan truculento que llegaba a dar risa: “¡Nos están quitando todo!”. Había llegado, decían, la hora de levantarse.

Usted me dirá que las cosas no son las mismas de hace siete años. Concuerdo: son mucho peores. El escándalo de las AFP, el desempleo desbocado, el crecimiento en cero, la inflación subiendo, recortes de presupuesto por todos lados, un invierno diabólico que no termina nunca y un gobierno altísima desaprobación al que se acusa de crueldad e indolencia.

Ese mismo día el comunista Lautaro Carmona advirtió que si no se canalizaban las demandas sociales, la olla a presión del pueblo iba a explotar. Al día siguiente, el senador Daniel Núñez, del mismo partido, dijo que el ministro de Hacienda Jorge Quiroz parecía empeñado en forzar un estallido.

Todos ellos unidos no lograron que el país reventara. ¿Qué pasó? No tengo idea. Y no quiero llamar a la calamidad, pero me parece que tal vez los exegetas del malestar podrían revisar algunas de sus interpretaciones, porque algo aquí no cuadra.

Carmona dijo que no habrá magia capaz de detener la detonación de su olla, pero ese domingo algunos políticos llegaron a Plaza Italia vestidos de aprendiz de brujo, ensayaron un hechizo para provocar una explosión aterradora y recitaron las palabras mágicas de la fórmula del malestar, pero solo produjeron un par de sapos.

Publicada en La Segunda.