Nacionalismo, el regalo griego de Hugo Herrera

Felipe Schwember

Hugo Herrera no ha rebatido mi columna anterior. No se ha referido al problema de fondo. Se ha limitado, en cambio, a hacer algunas afirmaciones generales y a reiterar su propuesta política que busca combinar distintas tradiciones en la derecha con el nacionalismo. Con todo, alguna de esas afirmaciones son los suficientemente reveladoras como para extenderme en mis diferencias con él y cerrar así, por mi parte, la discusión.

En un pasaje de mi columna anterior sugerí que, con todos sus defectos, el tomismo es una filosofía muy superior al sucedáneo comunitarista que ha adoptado la nueva generación de intelectuales conservadores para defender su propio programa político (y me refería, por cierto, a Daniel Mansuy y Pablo Ortúzar). He lamentado, además, que Herrera intente complementar ese sucedáneo con el nacionalismo.

En su respuesta, y a propósito del abandono del tomismo, Hugo Herrera ha explicado que es “el carácter, en último término, insondable de la existencia” lo que impide a “ciertos autores seguir admitiendo concepciones metafísicas tradicionales”. Entiendo que Herrera se cuenta entre esos autores y supongo que tiene muy buenas razones —algunas insondables y otras no tanto como para no saberlas él mismo— para abandonar el tomismo.

Algunas de esas razones “surgirían de la reflexión sobre la insuficiencia de una mente finita para someter a su cálculo y control una existencia, en definitiva, excepcional, lo que conduce a una crítica de aquellas posiciones que se inclinan al polo de los conceptos y las construcciones racionales”. Esta última razón que ofrece es desconcertante porque, aunque con tendencias autoritarias, el tomismo no es de suyo un proyecto de sometimiento ni de control de la existencia. Su ideal de vida es la contemplación y la vida virtuosa. Por eso, el motivo que Herrera da para rechazarlo resulta particularmente elocuente, pues demuestra que para él incluso el tomismo es demasiado racionalista por ubicarse en “el polo de los conceptos y las construcciones racionales”.

¿Por qué todo esto resulta importante? Porque Herrera se resiste a dar razones de fondo para su predilección por el nacionalismo. Las que da son pobres y, por así decirlo, ad hoc. Dice que “el principio nacional se dirige hacia la integración de los diversos sectores, especialmente los excluidos”, como si no hubieran otras teorías políticas preocupadas por el mismo fin. ¿Cuál es entonces la especificidad del nacionalismo y qué lo diferencia de las otras teorías o posturas? ¿Por qué deberíamos, en fin, adherir al nacionalismo que promueve?

Es claro que Hugo Herrera está pensado en un tipo muy peculiar de integración pues, a su juicio, ella no puede tener lugar bajo principios puramente republicanos. Pero entonces ¿en qué tipo de integración piensa, exactamente? ¿Y cuáles serían los medios para llevarla a cabo? El corporativismo, por ejemplo, ¿sería un medio idóneo, o al menos adecuado para ello? Y además, cuando habla de excluidos, ¿en quiénes está pensando exactamente? ¿Contarían, por ejemplo, las minorías sexuales? ¿Y los pueblos originarios? ¿Participarían esos excluidos (quienesquiera que sean) en la determinación de las condiciones de su propia integración? Y si no quieren sumarse a la integración nacionalista y contentarse con la unión puramente republicana, ¿en qué situación quedarían? (Paso por alto otras dificultades que suscita el nacionalismo como, por ejemplo, si acaso se podrían fijar precios, establecer cuotas de producción, sustituir importaciones para fomentar la producción nacional u otras semejantes).

Herrera no puede dar razones de su predilección por el nacionalismo (y por la peculiar integración que éste propugna) porque tales razones sencillamente no existen. Por definición no existen argumentos y razones generales en favor del nacionalismo, que forzosamente es una doctrina localista, particularista, excluyente y arbitraria (en la Convocatoria habla eufemísticamente de “espontaneidad”). Por eso Herrera se limita a ofrecer una explicación contextual e histórica, que es en realidad la única que tiene a mano: él —y quienes lo acompañan en su esfuerzo— están intentando desde hace un tiempo rescatar y llevar, digamos, a una nueva síntesis las diferentes tradiciones que componen la derecha chilena con el fin de hacer frente a la crisis política en curso. Entre esas tradiciones se encontraría el nacionalismo.

Sin perjuicio de los méritos de ese esfuerzo, la pregunta que debiera hacerse la gente de derecha es otra: ¿merece la pena rescatar la tradición nacionalista desarrollada por intelectuales conservadores? ¿Merece ser rescatada, además, si se tiene en cuenta además que dicha tradición apenas pudo trascender los círculos intelectuales que la cultivaron y no tuvo injerencia real en la vida política partidista republicana?

Como no pueden darse razones generales y, digamos, de principio, en favor del nacionalismo, Herrera trata de hacer de la necesidad virtud y presentarlo entonces como una forma de mediación entre lo general (los principios, etc.) y lo particular. Al hacerlo no cae en cuenta de que el nacionalismo descansa en categorías no sólo vacías, sino además confusas: ¿quiénes son “el pueblo”? ¿Quiénes “la nación”? ¿Podría, por ejemplo, serlo la mayoría de un electorado que se decantara por una propuesta política cosmopolita y universalista? El concepto de “nación”, ¿se podrá resolver en el conjunto de los individuos que lo componen o no? Seguramente la “nación”, el “pueblo” serán todos y nadie en concreto. O tal vez podrá ser cualquiera, pero no siempre.

La Convocatoria que Herrera cita en su respuesta hace referencia al “romanticismo político” que le sirve de inspiración. Mercier afirmaba que “el romanticismo no se define, se siente”. Como Herrera, los románticos buscaban abandonar “el polo de los conceptos y las construcciones racionales” para entregarse al sentimiento, a la acción y a la imaginación (el empalagoso apartado “El pueblo en su territorio” de la Convocatoria es un ejemplo de eso). El propósito era superar la sociedad burguesa para conectarse con alguna totalidad que diera sentido a los individuos (como si la búsqueda de sentido tuviera necesariamente que ser colectiva y, peor, conducida políticamente). En ese contexto, no resulta sorprendente que las mediaciones racionales fueran tenidas como molestas, abstractas, unilaterales, egoístas, etc.

El romanticismo es, en fin, una forma de irracionalismo que abre la puerta al nacionalismo, que es otra forma de irracionalismo. Hugo Herrera escamotea esta incómoda verdad para decir, únicamente, que el nacionalismo es una forma de inclusión.

Con mayor o menor (in)comodidad, todas las tradiciones que menciona pueden convivir dentro de la derecha. Todas salvo el nacionalismo. Como Sinón, él ha pretendido convencer a la derecha de que introduzca el caballo de Troya del nacionalismo entre sus líneas. Con buen sentido, los líderes políticos de la derecha han ignorado el regalo que ofrece Herrera para la construcción de su relato. Está envenenado. Ese veneno, de hecho, ya ha atragantado a algunos en el pasado.

Felipe Schwember
Escuela de Gobierno
Publicado el Domingo, 21 Mayo 2017 en El Líbero