La autocomplacencia de la “nueva” derecha

Felipe Schwember

Este grupo tiene el mérito de haber reanimado la discusión al interior del sector. Sin embargo, sus posturas no son ni tan originales, ni tan profundas ni tan incisivas como para que se puedan dar el lujo de menospreciar a sus aliados o contradictores.

En su última columna, Pablo Ortúzar se felicita por la situación en que supuestamente se encontraría ahora la derecha, gracias a los esfuerzos que él y otros intelectuales han desplegado en orden a esclarecer su contenido ideológico, el relato, como se suele decir, de la derecha de los nuevos tiempos.

Este alborozo es comprensible pues, gracias a tales esfuerzos, la derecha no solo se habría librado del embarazo, de la merecida zozobra que periódicamente, y de modo inevitable, le habría producido la discusión sobre la desigualdad sino que, además, estaría ahora en condiciones de articular una respuesta sofisticada, a la altura de las circunstancias y de la discusión política. Más aún, pronto estaría en condiciones de superar a la izquierda en su propio terreno, distinguiendo además la igualdad problemática de la que no lo es y, por consiguiente, la desigualdad que merece la pena ser corregida de la que no lo es.

Pero ¿cuál ha sido la máxima, la filosofía, que ha conducido a este inopinado triunfo? “Si no puedes vencerlos, úneteles”.

Es efectivamente lo mejor que se puede hacer cuando —más allá de las razones estratégicas— se cree que el adversario lleva la razón y/o que los aliados políticos (el liberalismo, concretamente) son deleznables o, al menos, prescindibles. Y eso es, en lo fundamental, lo que han hecho estos intelectuales de la nueva derecha conservadora: denunciar los derechos individuales como expresión del egoísmo liberal, denunciar ad nauseam los vicios del mercado (y particularmente los centros comerciales, que son siniestros espacios de alienación, como todo el mundo sabe); denunciar los móviles hedonistas según los cuales se movería nuestra sociedad; denunciar el supuesto entronizamiento de la subjetividad (habría, en opinión de Mansuy, por ejemplo, continuidad entre el cliente que pide a gritos que lo atiendan en un restorán y las demandas de los estudiantes que a gritos exigen gratuidad); denunciar la lógica supuestamente instrumental y economicista que tiende a colonizar todos los espacios de la vida a partir del mercado; la miopía de los dirigentes e intelectuales de derecha de la generación precedente; a denunciar el utilitarismo (¿no era una corriente filosófica respetable, el utilitarismo?); a denunciar la frivolidad, vacuidad, codicia, y un largo (y predecible) etcétera, del mercado y de las sociedades liberales contemporáneas.

Para todo ello no han escatimado tampoco en el uso de las caricaturas. Así, por ejemplo, Ortúzar ha procurado nivelar la libertad económica con el ateísmo, el consumo de marihuana y la homosexualidad en una frase que no tiene desperdicio: “Así, han exigido que la libertad y el individualismo radical en el ámbito económico tengan también su correlato en lo ‘valórico’, se han declarado orgullosos ateos, marihuaneros o gays y han hecho de su subjetividad una bandera de lucha (y de publicidad)”. Qué Pasa (24 de octubre de 2014).

Después de todas esas invectivas habría resultado sorprendente que esta nueva derecha tuviera algún rubor a la hora de enfrentar la discusión acerca de la desigualdad económica. Después de todo, ¡le ha concedido toda la discusión a la izquierda! (con perdón para la izquierda, que tiene más delicadeza que los conservadores en todos los demás temas, y particularmente en el de la diversidad sexual).

Pero más allá de las razones estratégicas, más allá de las caricaturas de que se han servido, más allá de si la izquierda debiera sentirse amenazada en su propio terreno (y la respuesta es, obviamente, “no”) ¿cuál es la propuesta de esta “nueva derecha” en lo que la igualdad material respecta?

Confieso, lector, que me hubiera gustado entrecomillar ambas palabras en la frase “nueva derecha”, pues ésta no tiene nada de “nuevo” y, me temo, tampoco nada de “derecha” (o no al menos si se entiende que el mínimo común denominador de las diferentes vertientes de la derecha es la defensa del libre mercado).

Pese a incurrir en algún error que para estos efectos carece de importancia (“la izquierda históricamente ha considerado que la solución es “igualar” a las personas: obligarlas a tener acceso exactamente a lo mismo”), Pablo Ortúzar dice que la igualdad no problemática consiste en tener acceso a aquellos bienes que son necesarios para el desarrollo personal o moral; o, si se quiere, que son necesarios para el despliegue de la propia agencia racional; o, en fin, tener acceso a aquellos bienes que salvaguardan la dignidad humana.

Y de este modo, querido lector, esta nueva derecha ha necesitado armar una enorme batahola y someter a sus aliados a un incesante fuego amigo para… ¡descubrir la rueda!

¿Qué autor liberal iba a estar en contra de estos fines? Más aún, qué autor, de la corriente que sea, puede estar en contra de esta afirmación. Pues salvo rarezas en la historia del pensamiento político, nadie está en contra de que la gente disponga de los medios para alcanzar su realización, o su mayor desarrollo, etc. ¿O usted cree, estimado lector, que este discurso de la “nueva derecha” es sumamente novedoso y ha pillado a liberales y socialistas por sorpresa?

La discusión —difícil, escabrosa, llena de complicaciones, cierto— pasa en buena medida por interpretar qué significa y qué supone la “dignidad”, los “medios necesarios”, los “bienes” con que se ha de contar, etc. El diablo está en los detalles (¿y aquí sería incurrir en una caricatura inadmisible que yo dijera, por ejemplo, que el problema radica en que a los conservadores les gusta además hacer listas taxativas de bienes para luego imponerlas coactivamente?).

Esta “nueva derecha” tiene el mérito —es cierto y sería injusto no reconocérselo— de haber reanimado la discusión al interior del sector. Sin embargo, sus posturas no son ni tan originales, ni tan profundas, ni tan incisivas como para que se puedan dar el lujo de menospreciar a sus aliados o contradictores. Y por lo demás, sería más decoroso esperar a que esos aliados o contradictores los aplaudiesen, antes que adelantarse y aplaudirse ellos a sí mismos.

Felipe Schwember
Escuela de Gobierno
Publicado el Viernes, 16 Junio 2017 en El Líbero