En el ardor de las llamas

Leonidas Montes

Chile ha sido azotado por un incendio que ha consumido bosques y pueblos, dejando un halo de desgracia, desolación y muerte. Pero este nuevo e inesperado golpe de la naturaleza permite algunas reflexiones. Y también nos deja algunas lecciones. Ya se ha criticado mucho la tardía reacción del gobierno y de la Presidenta. También se ha escrito mucho sobre el episodio del Supertanker. Pero este encarna mucho más que un simple error administrativo. Las trabas para recibir la ayuda de Lucy Avilés, casada con un Walton, son difíciles de explicar. Su generoso regalo no escondía intencionalidad política alguna, sino simplemente el genuino deseo de ayudar de manera oportuna. En el mundo anglosajón la filantropía es algo común y sincero. En Chile, en cambio, el Estado y su burocracia desconfían de los que quieren ayudar. “Debe haber gato encerrado”, se preguntó algún burócrata. O mucho peor aún, un riesgo político. Sesudos asesores de la Moneda investigaban el currículum de esta privilegiada chilena escudriñando su pasado y sus vínculos. No vaya a ser que quieran sacar provecho político de la crisis, que sea de derecha y que quiera perjudicar a la Presidenta. En esta triste tragicomedia, me pregunto ¿qué habrá pensado el joven heredero de los Walton cuando se enteró de todas las barreras y penurias que tuvo que enfrentar su mujer cuando solo querían ayudar a combatir un incendio que se expandía con fuerza?

La inmediata reacción y arremetida del gobierno con el “Luchín”, que viajaba desde Rusia, a ratos parecía más que una simple coincidencia. Podría ser también interpretada como otro símbolo histórico de la Guerra Fría que todavía azota, como las llamas, el trauma de quienes vivieron y sufrieron el golpe militar. El imperialismo del Supertanker, financiado por una chilena casada con uno de los herederos más ricos del mundo, un privilegiado del capitalismo americano, se enfrentaba al “Luchín” con la imagen de la grandeza soviética y la hoz en el subconsciente.

Pero mientras el fuego cundía y arreciaba, algunos políticos seguían desconectados de la realidad analizando y especulando sobre las opciones presidenciales. Mientras tanto el gobierno se movía despacito, como alguien dijo en esa canción viralizada. Al final de esta tragedia, el Supertanker se convirtió en un símbolo de esperanza. El vacío de liderazgo, vaya ironía, fue suplido por un Boeing americano.

La sociedad civil y los ciudadanos se pusieron de pie con esa fuerza del chileno que enfrenta la adversidad. Y fue ese impulso el que finalmente movió al gobierno y a nuestro Leviatán. Han sido personas comunes y una serie de organizaciones no gubernamentales las que han dado el ejemplo. Cómo olvidar toda la ayuda voluntaria, el arrojo de Bomberos de Chile, los abnegados brigadistas y los campesinos defendiendo sus vidas y lo propio. Esto último nos recuerda que ese socialismo anacrónico que contaminó y terminó por liquidar a la Nueva Mayoría es mas retórica que acción, más idealismo que realidad, más recuerdos y traumas de la Guerra Fría que una visión de futuro. Si no, ¿cómo se explica la tardanza en llamar a las Fuerzas Armadas a ayudar?

Con la devastada calma que dejan el humo y las cenizas, hay tres puntos que merecen una seria consideración. Primero, activar y promover la filantropía, que se enfrenta al monopolio de quienes tienen el poder del Estado. Somos testigos de múltiples ejemplos de millonarios que ayudan, de manera discreta y silenciosa, en diversas iniciativas. Dejémoslos ayudar y no les pongamos trabas. Dejemos de lado la desconfianza de aquellos que creen saber lo que es mejor para la sociedad y manejan de manera mezquina los mecanismos del Estado. La competencia y la diversidad son claves para la filantropía, pero ésta necesita de un Estado que la facilite y promueva, no que la entorpezca y asfixie. Tragedias como ésta deberían llevar a los legisladores a pensar acerca de los beneficios de la filantropía. No hay mejor redistribución que aquella que se hace de manera voluntaria. Aprendamos del error del Supertanker y permitamos e incentivemos la filantropía.

Segundo, es importante corregir o enmendar nuestra institucionalidad para que un incendio como éste no se repita. Recién vivimos la reacción ejemplar de Chiloé frente al terremoto. Hagamos lo mismo con los incendios. Para ello debemos aprender de la experiencia internacional, pero también de nuestro sector privado. Chile posee dos empresas que son líderes a nivel mundial en términos de manejo e innovación forestal. Arauco y CMPC, muy posiblemente, saben más de incendios que todos los órganos del Estado. Escuchémoslos y legislemos considerando y aprendiendo de su experiencia. Además, esto sería un ejemplo de esa necesaria alianza entre lo público y lo privado, en la cual al final todos pueden ganar. Eso sí, los herederos del socialismo sesentero deben dejar de lado sus prejuicios y entender que las empresas, así como los ciudadanos, también pueden y quieren ayudar al país.

Por último, pienso que la reacción del país y de los chilenos en esta tragedia echa por la borda el último bastión del socialismo estatal que inspiró a la Nueva Mayoría. El Estado como salvador no fue la solución. Fue la acción humana. Esta simple idea encierra, de manera clara y simbólica, el final del ethos de un gobierno que a ratos parecía querer traernos de vuelta a esa añeja noción de un Estado todopoderoso y redentor. Al final, la imagen de la Presidenta y sus ministros desde la sala de control se desvaneció.

La gran lección es que necesitamos un Estado ágil y eficiente para el siglo XXI. Chile necesita con urgencia una reforma profunda para que tengamos un Estado moderno, un Estado con un servicio civil para los chilenos que no esté sujeto a los vaivenes del gobierno de turno y que no sea el botín de algunos partidos políticos. En fin, esta tragedia nos deja una monumental tarea. Esta bien podría ser el ave fénix que renace de las cenizas.

Leonidas Montes
Escuela de Gobierno
Publicado el Domingo, 05 Febrero 2017 en La Tercera