Pensábamos que el modelo de populista anti-intelectual lo encarnaba Manuel José Ossandón (quien dijo su programa costaría exactamente “cuatro mil trescientos cuarenta y cuatro mil quinientos millones, coma cinco dólares” como una forma de ridiculizar a los políticos que sí manejan los números). Pero quizás sea José Antonio Kast quien encaje mejor en la categoría. Su apelación a la mayoría silenciosa también es de manual. Viene de tiempos de Nixon y busca romper el eje tradicional de izquierda y derecha para situar un nuevo: nosotros, la mayoría común, versus ellos, el establishment. Su alusión sarcástica a ciertos medios de prensa está en consonancia con la típica denuncia Trumpiana a los “medios liberales”. Todo esto sin mencionar las otras características propias del fenómeno populista que se acumulan en el personaje político de José Antonio Kast: un caudillo carismático sin estructura orgánica, adorado por sus seguidores –le llaman “emperador”- y festejado transversalmente por sus simpáticas ocurrencias que subliminalmente refuerzan el mensaje (los “martes de pololeo” resaltan su sencilla virilidad y el “rayo derechizador” su calidad de hombre fuerte).

Chile se está convirtiendo en un foco de investigación de alto nivel sobre el fenómeno del populismo, como lo demuestra el trabajo de Rovira y Ostiguy. Pero también está dando material local para el análisis. Aunque para Kast esto no sean más que “conceptos, ideas foráneas y citas de autores extravagantes”, al menos ya no son “discusiones extranjeras”.