Legitimidad de una Constitución

Juan Luis Ossa

Escuela de Gobierno

La Segunda

El derecho considera dos tipos de legitimidad: de origen y de ejercicio. Esta es una división pertinente para comprender el debate constitucional en Chile, el cual se ha enriquecido últimamente gracias a discusiones quizás menos prácticas, pero igualmente necesarias, provenientes de la filosofía política.

Se sostiene con frecuencia que el origen de la Constitución de 1980 contiene serios problemas de legitimidad, un argumento correcto y atendible. Sin embargo, tanto o más importante que ello es la falta de legitimidad de ejercicio de nuestra Carta actual.

Centrarnos únicamente en el origen de las constituciones chilenas (todas ellas, sin excepción, han sido más o menos espurias) pierde de vista el que, me parece, es el aspecto más relevante de toda Ley Fundamental: reglamentar la convivencia política de manera que la ciudadanía se vea representada por su articulado. Dicha representatividad nunca es alcanzada de inmediato (es decir, en el origen), sino que toma tiempo y requiere de un ejercicio de larga duración. Algo conseguido tanto por la Constitución de 1833 como por la de 1925 (ambas siendo “reformas” de sus antecesoras).

Dichas constituciones fueron el resultado de crisis políticas y vacíos de poder. Ese también fue el caso de la Constitución de 1980, aunque su espíritu refundacional tuvo por aspiración precisamente lo que sus antecesoras no tuvieron: instaurar una “revolución” político-económica con el fin de saltarse la legitimidad de ejercicio de nuestra tradición constitucional. Por supuesto, los cambios introducidos desde la década de 1820 hasta 1971 fueron muchos y muy necesarios. No obstante, gracias a la visión reformista (más que revolucionaria) de políticos de todos los sectores, la idea de la Carta de 1828 de que un país requiere de consensos amplios para ser gobernado prudentemente se mantuvo intacta.

Eso ocurrió hasta 1980. Ese año los constitucionalistas del momento explícitamente negaron que la suya fuera una “reforma” de las constituciones anteriores. Ellos vinieron a “revolucionar” al país, de forma tal que el vacío de poder representado en la figura de Salvador Allende fuera cortado de raíz. Y lo cierto es que lo lograron – con algunos avances relevantes, como la autonomía del Banco Central-, pero a costa de un conflicto aún irresuelto sobre su legitimidad de origen y de ejercicio.

Así, por mucho que la antigua Concertación – en especial Ricardo Lagos- legitimara en cierta medida el ejercicio de la Constitución de 1980, el hecho de que estemos discutiendo la necesidad de una nueva Carta significa que el paso del tiempo no ha permitido la consolidación factual de la Constitución vigente. Es decir, ya sea por origen o por ejercicio, la Carta de 1980 parece haber dejado de ser una alternativa plausible.

Juan Luis Ossa
Escuela de Gobierno
Publicado el Miércoles, 16 Marzo 2016