La bondad básica

Felipe Landaeta
Escuela de Psicología
Revista Somos


En las grandes ciudades y como está funcionando el mundo actual no es fácil creer que en el fondo todos somos buenas personas. Hace un tiempo dictando unas clases hablaba de esto y me refutaban señalando que era imposible que un asesino o un violador fuesen buenas personas. He llegado a escuchar personas que creen que “las buenas personas” son solo aquellas que profesan una religión particular.

 
A pesar de los diferentes grados de locura que podamos sufrir y experimentar en algún período de nuestras vidas, y por más perdidos que nos encontremos, en el fondo siempre buscamos hacer el bien. Aunque en nuestra conducta pasemos a llevar a los demás y generemos sufrimiento, la intención detrás de nuestros actos siempre busca una intención positiva como dice la Programación Neurolingüística. Siempre hay una intención positiva que uno puede descrubrir si se pregunta el “para qué” o el sentido de una conducta. Al reconocer el para qué puedo buscar una conducta que honre ese sentido de una manera más adecuada.

El problema muchas veces es que la conducta no honra a todas las partes involucradas, entonces me paso a llevar a mi o a los demás en la acción.
 
Desde otra mirada, todos tenemos conductas neuróticas basadas en estrategias que desarrollamos durante nuestra infancia y que hoy seguimos repitiendo de forma más o menos rígida y automática. Puede que incluso nos demos cuenta que con nuestra forma de interpretar los hechos y con nuestra conducta estemos generando sufrimiento, pero para salir de ese círculo debemos estar dispuestos a atravesar la incertidumbre del autodescubrimiento y de la creación de nuevas estrategias para resolver nuestras dificultades emocionales y traducirlas en acciones que honren a todas las partes involucradas.

 
El Buda decía que la vida tiene dolor, esta es la primera noble verdad. Tenemos hambre y duele el estómago, nos enfermamos, envejecemos, morimos, tenemos emociones que nos afligen, nos apegamos, rechazamos... experimentamos el dolor a diario.

 
Sin embargo la vida es mucho más que el dolor y a esto se accede, según la psicología budista, a través de la compasión, de la apertura del corazón y de la vulnerabilidad.

 
Cuando vemos a un ser humano en estado de ira extrema, o de depresión profunda, o de miedo paralizante, podemos sentir miedo al no saber qué pasará o qué va a hacer esa persona, podemos sentirnos frustrados por no poder cambiar el curso de los hechos, podemos enojarnos con el mundo por la injusticia. En el nivel de la conducta podemos increpar a una persona, podemos abrazarla, podemos criticar, rechazar, donar tiempo de mi trabajo para ayudarlos e incluso podemos llegar a crear una ONG para ayudar a personas que sufren de esa manera.

 
Yo te invito a hacer un cambio en la mirada. Primero que nada entender que nadie es víctima de las circunstancias y que la victimización es una decisión. No creo que hayan pobrecitos o pobrecitas personas caminando por la vida. Creo que relacionarme con las personas desde ese lugar apoya la creencia de la persona de ser un o una pobrecita. Mi creencia y experiencia me dice que cuando a las personas se las trata como adultos responsables por sus actos algo cambia y empiezan a hacerse cargo. Evidentemente se les puede apoyar y contener cuando sea necesario, pero no son pobrecitos.

 
 
En segundo lugar, desde la psicología budista, podemos entender que todas las personas son en el fondo buenas y tienen buenas intenciones. Si a una persona le quitamos las capas emocionales de miedo, rabia, resentimiento, frustración, lo que queda es un ser humano vulnerable, básicamente amoroso y bondadoso. Esto lo podemos hacer como un ejercicio interno de entender que todas las personas somos en el fondo así. Personalmente no creo en nada que no haya visto o experimentado, por lo que quienes piensen como yo pueden hacer el ejercicio de sostenerse en el vínculo con alguien que está experimentado cualquier estado extremo de euforia o disforia, de depresión profunda, de sentirse perdido, incluso con alguien que se encuentra en estado de locura. Si nos abrimos desde el corazón y nos conectamos con esa persona nos daremos cuenta que en el fondo hay un ser humano que quiere hacer el bien.

 
A veces me pongo en el lugar de los demás, ¿Cómo sería mi vida si yo hubiese experimentado esto o aquello?, ¿Cómo pensaría, sentiría y sería la idea de quien soy?, ¿A qué me dedicaría?

Con estas preguntas busco empatizar y conectar con aquellos que me cuesta más.

 
Cuando esto se me hace complejo me pregunto ¿Qué juicios tengo sobre esta persona que me impiden conectar?, ¿Cuál es mi miedo?, ¿Qué del otro me refleja algo mío?

 
A estas alturas se me hace difícil no conectar. Para conectar con la bondad de los demás debo conectar con la mía, para resonar con esa vulnerabilidad y bondad básica que nos hace sentirnos conectados y que pertenecemos al mundo.

Felipe Landaeta
Escuela de Psicología
Publicado el Viernes, 14 Marzo 2014