Historia (y) política

Juan Luis Ossa
Director Centro de Estudios de Historia Política
Revista Capital

Aceptar que las expresiones públicas de los historiadores pueden ser tanto o más legítimas y subjetivas que la de cualquier analista, es un principio básico de la libertad de expresión. Yo, por ejemplo, digo que votaré por Allamand.
 
Existen diferencias entre escribir sobre “historia política” y publicar artículos de política coyuntural. Pero a pesar de ello, ambos ejercicios pueden perfectamente ser ejecutados por la misma persona.
 
Los principales historiadores chilenos del siglo XIX creían que el estudio del pasado podía, mediante el análisis empírico y supuestamente imparcial, conducir a la verdad objetiva. La investigación empírica fue concebida como un fin en sí mismo; sin ella, no había verdad posible que pudiera ser comprobable. Ésa fue, en el caso de Chile, una de las principales enseñanzas dejadas por Andrés Bello, quien, a contrapelo de lo que creían intelectuales como José Victorino Lastarria o Jacinto Chacón, impuso el método narrativo y empírico –por sobre el filosófico o interpretativo– en las aulas de la Universidad de Chile.
 
Sin embargo, una cosa era investigar en los archivos y apelar a la verdad, y otra muy distinta era sostener que las conclusiones derivadas de dichas investigaciones eran imparciales y objetivas. En efecto, el positivismo decimonónico solía tener una correlación interpretativa, en la cual sobresalían el odio al español, la crítica al régimen colonial y la fe en el progreso y en la civilización.
 
¿Qué ocurre hoy? A pesar de algunos intentos fallidos por demostrar la verdad histórica por parte de pequeños grupos de historiadores orgánicos –ya sea de derecha o de izquierda–, la historiografía es actualmente concebida como una forma de conocimiento subjetivo, interpretativo y parcial. La metodología de trabajo de la mayoría de los historiadores profesionales tiene una fuerte carga empírica. No obstante, tener un compromiso con el análisis empírico no los hace menos subjetivos que sus antepasados del XIX. La diferencia quizás estribe en que hoy estamos más dispuestos a aceptar que los historiadores –al igual que los periodistas, filósofos, politólogos y un largo etcétera– también tienen sus preferencias. Y esto no sólo en relación a sus sujetos de estudio, sino también en cuanto a los principios que defienden cuando, ya alejados del claustro académico, se enfrentan al escrutinio público.
 
Una de las formas de enfrentarse a dicho escrutinio es escribiendo columnas sobre la coyuntura política, cuestión que, como dije, no es lo mismo que publicar sobre “historia política”. Los “historiadores políticos” se interesan en la conformación y repartición del poder a lo largo de la historia y, en general, deberían intentar comprender, no enjuiciar, a sus protagonistas. En cambio, cuando los historiadores actúan como ciudadanos de a pie, pueden y deben expresar juicios si se deciden a participar del debate político. Cuando se marcha por algunas de las muchas causas de moda o se escribe una columna quincenal, la transparencia es vital; en ambas actividades los ciudadanos nos sentimos con el deber y el derecho de decir lo que pensamos, sin que por ello nuestro trabajo académico se vea deslegitimado.
 
Aceptar que las expresiones públicas de los historiadores pueden ser tanto o más legítimas y subjetivas que la de cualquier analista o publicación periodística –The Economist es un ejemplo de cómo funciona el periodismo transparente y, por tanto, subjetivo– es un principio básico de la libertad de expresión. Además, nos permite a nosotros los historiadores “salir del clóset” cuando lo creemos necesario. En este caso, y aunque probablemente no genere mayor revuelo, no tengo problemas en explicitar mi preferencia: en la próxima elección del 30 de junio, apoyaré a Andrés Allamand. No creo que por ello mi calidad de “historiador político” vaya a verse perjudicada… A lo más recibiré un tirón de orejas de aquéllos que ingenuamente todavía creen que los historiadores están únicamente para encontrar y contar la verdad sobre el pasado.
Juan Luis Ossa
Escuela de Gobierno
Publicado el Viernes, 14 Junio 2013