¿Es el liberalismo necesariamente antiestatal?

Juan Luis Ossa
Escuela de Gobierno
Capital

A riesgo de simplificar una discusión de siglos y que ha suscitado todo tipo de debates académicos (y no tan académicos), puede decirse que desde el siglo XVIII en adelante, han coexistido dos tipos de escuelas liberales: la “francesa” y la “británica”. La primera ha hecho hincapié en la existencia de un Estado fuerte cuyo fin es procurar que los derechos básicos de los ciudadanos sean cumplidos y respetados. La segunda, en cambio, ve al Estado como una estructura de poder que coacciona los derechos de los individuos. Es lo que Isaiah Berlin llamaba, respectivamente, la “libertad positiva” y la “libertad negativa”, dos formas de concebir la libertad que, para muchos, son excluyentes.
 
¿Es esto tan así? Habría que partir precisando que la escuela “francesa” siempre ha estado compuesta por intelectuales y filósofos “británicos”, y viceversa. Benjamin Constant era un seguidor del liberalismo “británico”, mientras que Jeremy Bentham estaba más cerca del liberalismo “francés”. Además, es importante enfatizar que ninguna de estas escuelas es completamente pura, sino que en ambas podemos encontrar elementos de la otra.
 
Veamos algunos ejemplos (europeos y chilenos) que, creo, comprueban la reciprocidad entre ambas escuelas. Adam Smith, el más reconocido de los liberales británicos del siglo XVIII, creía a contrapelo de lo que generalmente se sostiene, que el Estado debía tener un papel significativo en algunos aspectos clave de la sociedad. Una buena educación primaria no era concebible, decía Smith, sin la participación vigilante del Estado. Como nos recuerda el historiador inglés H. S. Jones en un ensayo reciente, la crítica de Adam Smith no estaba dirigida “contra el Estado como tal”. Smith reconocía “que el mecanismo del Mercado […] dependía de un marco legal que podía, por ejemplo, frenar la tendencia de los empresarios a confabularse contra el público y también entendía perfectamente el papel que el Estado podía jugar a través de la educación primaria, que era esencial para resistir la tendencia de la división del trabajo a debilitar las bases del espíritu público”.
 
El trabajo conjunto entre el Estado y los privados en la generación y difusión de establecimientos educacionales fue una de las características más sobresalientes de los siglos XIX y XX chilenos. Francisco Antonio Pinto, uno de los primeros “liberales” chilenos, no dudó en depositar en los particulares la responsabilidad de administrar colegios de primeras letras en aquellos lugares donde al naciente Estado chileno se le hacía imposible llegar. Y, casi al mismo tiempo, Pinto otorgó al Estado la misión de garantizar que los privilegios –como los mayorazgos– fueran abolidos, llevando adelante también la secularización de las órdenes regulares y el primer intento de lograr que el Estado republicano hiciera uso del Derecho de Patronato. Gracias a estas dos últimas reformas, el Estado se impuso ante los cuerpos intermedios y los grupos de poder (como la Iglesia y los gremios), aunque no por ello coaccionó la libertad y el emprendimiento individual. El Código Civil de Andrés Bello, un documento nacido desde el Estado pero pensado para la seguridad de los individuos (ahí se encuentra la defensa a la propiedad privada más explícita realizada hasta entonces), vino a legitimar aún más la simbiosis entre las escuelas “francesa” y la “británica”.
 
Si, entonces, los liberales no han sido necesariamente antiestatales a lo largo de la historia, ¿por qué hoy en Chile se ve al liberalismo de forma tan peyorativa? ¿Por qué se sostiene que el liberalismo es un antídoto ante cualquier intervención estatal? La respuesta, me parece, está en que desde los años 70 en adelante, se ha comprendido al liberalismo como un símil de lo que se entiende por “mercado”. Y en ello la dictadura de Pinochet tiene bastante responsabilidad, ya que, contrariamente a lo que enseña la línea más pragmática de la Escuela de Chicago (es decir, la competencia libre y transparente), muchos de sus economistas hicieron del libre mercado un fin más que un medio. A la pasada, utilizaron al Estado con objetivos nada “liberales” tanto política como económicamente: la violación de los derechos humanos da cuenta de lo primero, los monopolios de lo segundo.
 
No estaría de más regresar a Smith y aceptar que el Estado, cuando actúa como un ente fiscalizador, no coarta la libertad. Muchas veces, de hecho, es el que puede refrendar la existencia misma de la libertad.
Juan Luis Ossa
Escuela de Gobierno
Publicado el Viernes, 12 Julio 2013