Chao, decreto 924

Cristóbal Bellolio
Escuela de Gobierno
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En teoría, Chile tiene un estado laico. Esto quiere decir que las instituciones públicas deben abstenerse de hacer proselitismo religioso. Sin embargo, de acuerdo a lo dispuesto en el decreto 924 del MINEDUC, todos los establecimientos educacionales deben ofrecer la asignatura de religión, las que usualmente toman la forma de catecismo cristiano y especialmente católico. El mismo decreto señala que dichas clases serán optativas. Los padres tienen que manifestar por escrito que no desean que sus hijos sean obligados a asistir a ellas.

Por supuesto, en la práctica, eximirse de la clase de religión es un problema. Muchos colegios municipales donde se presenta esta situación no saben qué hacer con los niños o las niñas cuyos padres han optado por ahorrarles el adoctrinamiento religioso. Y como no saben qué hacer, inventan burradas.  En algunos casos, los alumnos eximidos son hostigados por sus compañeros e incluso por los profesores.  Cuando tienen mejor suerte, se van a la biblioteca o al patio a patear piedras. En cualquier caso, es común que sean estigmatizados. Son los raros. Los otros. Los que no son como nosotros. En los ateos no se puede confiar, escribió John Locke hace más de trescientos años en su –paradójicamente- Carta sobre la Tolerancia. Ese arcaico prejuicio se sigue cultivando en las aulas de nuestro país. Vaya manera de educar.

Por lo anterior hay que saludar la resolución de la Superintendencia de Educación en el caso del Colegio Mercedes Marín del Solar y aplaudir de pie la determinación de Úrsula Eggers de hacer frente a la injusticia que padeció su hijo. Su caso es parecido al de Soile Lautsi, una apoderada atea que demando en la Corte Europea de Derechos Humanos al estado italiano por tener crucifijos en las escuelas públicas.

Pero el siguiente paso político es derogar el decreto 924. El estado no debe tener el derecho de utilizar sus asimétricos recursos para inculcar en los niños ninguna preferencia religiosa o antirreligiosa. Para eso está la educación que se imparte en el seno familiar y eventualmente en la parroquia dominical. Lo que sí podría hacer –y de hecho sería estupendo que hiciera- es modificar el currículo para que, en lugar de una catequesis, la misma asignatura sea dedicada a la presentación y discusión critica de distintas perspectivas éticas y religiosas. No es buena idea que nuestros hijos sean analfabetos religiosos. Es bueno que sepan lo bueno y lo malo de las distintas tradiciones para que tengan las herramientas cognitivas y analíticas para luego decidir por sí mismos si quieren abrazar o rechazar la fe (o ausencia de fe) de sus padres.
Cristóbal Bellolio
Escuela de Gobierno
Publicado el Sábado, 24 Octubre 2015