Palabras del Rector

El proceso de acreditación 2020 es una oportunidad para mostrar, por un lado, los avances que ha exhibido la Universidad Adolfo Ibáñez desde la acreditación anterior y, por otro, ratificar el compromiso que ella tiene con la mejora continua de todos sus procesos. La UAI es una de las quince universidades del país acreditadas en las cinco áreas que contempla la institucionalidad vigente: gestión institucional, docencia de pregrado, investigación, vinculación con el medio y docencia de postgrado. En las cinco dimensiones los progresos han sido significativos. Por ejemplo, en 2014, año previo a la acreditación, las publicaciones WoS de académicos con afiliación UAI sumaron 111. Este año estimamos que el número podría superar las 250. Asimismo, hemos ido consolidando un modelo de formación de pregrado pionero en Chile y que, estamos convencidos, es la mejor manera de formar a los jóvenes para un mundo de cambios disruptivos. Todas nuestras carreras con egresados están acreditadas como también lo están lo están los Doctorados. Asimismo, estamos avanzando en la acreditación de nuestros programas de magíster. La oferta de postgrado es cada vez más amplia y muy pertinente a las necesidades de profesionales chilenos y extranjeros. Nuestro crecimiento en programas online es gradual, pero sistemático. El cuerpo académico ha ido creciendo sin pausa y las evaluaciones docentes han ido al alza. Los estudiantes de la UAI exhiben altos niveles de satisfacción con la formación recibida, el apoyo que les presta la institución y el proyecto universitario que observan. Al mismo tiempo, nos hemos vinculado cada vez con la sociedad que nos rodea a través de diversas iniciativas. Por último, tenemos un solidez financiera evidente que permite proyectar nuestra universidad hacia el futuro.

Sin desconocer estos avances, de los que estamos orgullosos, también debemos reconocer que enfrentamos este proceso de acreditación con mucha humildad. Es aún mucho lo que resta para ser una universidad modelo. De ahí nuestro compromiso con una mejora continua. La autoevaluación, que es la parte medular de este nuevo proceso de acreditación, nos permitirá reconocer nuestras debilidades y acordar nuevos planes de mejora para seguir elevando los estándares de calidad que deben caracterizar a una universidad de excelencia. Nuestro financiamiento proviene principalmente de los aranceles que pagan estudiantes de pregrado y postgrado. Tenemos que tener una especial consideración hacia ellos en nuestro proyecto universitario. Vienen buscando una formación de primer nivel y debemos ser capaces de entregársela. La sociedad espera de nosotros una contribución intelectual de gran nivel. No podemos defraudarla. Esta labor debe contribuir al progreso de la ciencia, pero también a resolver necesidades que las distintas organizaciones públicas y privadas requieren para su desarrollo. Nuestro proyecto universitario se beneficia, además, de la interacción con distintos actores sociales, culturales, científicos, económicos y políticos. Esa interacción nos obliga no solo a poner dicho proyecto a disposición de esos actores sino que también retroalimentarlo para enriquecerlo y hacerlo más pertinente. Como universidad no podemos encerrarnos en nosotros mismos y tenemos el debe de aprender de la sociedad que nos rodea.

El proceso de autoevaluación y, más general, de acreditación es, entonces, una buena oportunidad para repensarnos como universidad en un sentido amplio. Es también un momento para compartir experiencias y opiniones sobre el estado actual de la Universidad y su futuro. Por eso, aspiramos a que este sea un proceso participativo que nos ayude a definir mejor los planes de mejora que necesitamos para ser una mejor universidad. La opinión de la comunidad es insustituible en este proceso, porque enriquece el proyecto universitario y también nos ayuda a reconocer falencias que a veces no somos capaces de ver o que si las vemos olvidamos en el ajetreo habitual de nuestras actividades. Siempre he creído que las tareas que realizan todos nuestros colaboradores, académicos y no académicos, es muy noble. La universidad desde su creación hace casi mil años (en el carácter que hoy día le reconocemos) o hace casi mil 700 en su versión inicial ha sido una institución clave para el progreso de las naciones. Sin embargo, su papel no siempre es reconocido en su real dimensión. Y es más bien fuente de crítica, a menudo injustificada. Este nuevo proceso de acreditación es, por tanto, también una posibilidad de presentar, sin desconocer nuestras limitaciones, las bondades de nuestro proyecto universitario. Estoy seguro que en esta iniciativa tan relevante para el futuro de la Universidad contraemos con el apoyo de la comunidad.

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