|
¿Quién fue el primero en caracterizar el conflicto en Georgia como el inicio de una nueva guerra fría? David Miliband, el Ministro de Relaciones Exteriores del Reino Unido, de visita en Ucrania, señaló que Rusia tenía la responsabilidad de no iniciar una nueva guerra fría. Antes, el Putin, al reconocer la independencia de Osetia de Sur y Abjasia, indicó que no le tenía miedo a la guerra fría. La comparación puede parecer una hipérbole. Rusia no tiene el poder de convertirse en un bloque capaz de contener el poderío militar de occidente y no hay un conflicto de ideologías subyacente que permita dividir al mundo en amigos y enemigos de los rusos. La invocación de la guerra fría debe ser leída en un contexto temporal más amplio. Nos podríamos remontar a la difícil relación de Rusia con Europa desde la desaparición de la Unión Soviética, pero por ahora basta que nos remontemos a febrero de 2007. En febrero de 2007, en la Conferencia sobre Seguridad que tuvo lugar en Munich, Putin recordó que dos décadas antes el mundo estaba política y económicamente dividido en dos polos y que el 'tremendo potencial estratégico de las dos superpotencias aseguraba la seguridad global'. Subrayó que en un mundo con un solo poder hegemónico nadie se puede sentir seguro. Se quejó de la expansión del sistema antimisiles a Europa. Reclamó por el despliegue de fuerzas de la OTAN en las fronteras de Rusia. Y usó la metáfora del muro para reclamar por la falta de inclusión de Rusia dentro de la 'familia europea'. Invocó, entonces, la Carta de las Naciones Unidas para recalcar que el uso de la fuerza sólo puede estar autorizado por la Organización, no por la OTAN ni por la Unión Europea. Rusia no logra insertarse en Europa. Para hacerlo se necesita de la voluntad de ambas partes, lo que a su vez requiere que Rusia y Europa tengan claridad sobre lo que pueden ganar con la integración. Con el incidente de Georgia, Rusia ha logrado dejar muy claro a Europa dos cosas: que Estados Unidos no puede intervenir en el Cáucaso de la misma manera que lo ha hecho en el Medio Oriente y que ella es una verdadera amenaza para la estabilidad de la frontera oriental de Europa. Europa, por su parte, sin el apoyo militar de Estados Unidos, tendrá que diseñar ahora una estrategia para persuadir a Rusia de las bondades de la paz europea. Es aquí donde, además del factor político, juega un rol fundamental el factor económico. Después de la Segunda Mundial quedó claro que la interdependencia económica puede jugar un papel transcendental en la mantención de la paz. Rusia quiere escuchar que la libertad económica jugará en beneficio de ambas partes. No es un buen signo para Rusia que Europa trate de rebajar su dependencia de petróleo y gas natural ruso. La idea de evitar el petróleo ruso a través de un oleoducto que va desde el Mar Caspio cruzando el territorio de Georgia aparece a los ojos de Rusia casi como una provocación. El dilema para Europa es cómo seguir dependiendo de los recursos naturales de Rusia pero con estabilidad y seguridad. En el mundo de las ventajas comparativas y de la interdependencia económica, Europa debe analizar qué beneficios puede ofrecer a Rusia para evitar que el petróleo y el gas se transformen en las nuevas armas de lucha. Este nuevo escenario exige algo muy distinto a la estrategia disuasiva de la guerra fría. Pero para poder poner en pie una estrategia adecuada a los nuevos tiempos, Europa requiere una política exterior común que actualmente no tiene. El Tratado de Lisboa, entonces, es un indispensable primer paso hacia una solución de los problemas de Europa en un contexto de crisis energética que amenaza con dejarlos, efectivamente, fríos. |