El problema que se viene: el Senama

Ramiro Mendoza

A ojos de buen observador, este debe pensar que en el título de esta columna se ha cometido un error evidente, el problemazo en que nos encontramos en las últimas semanas se llama Sename y no Senama. Pero la "A" no es casualidad, no se trata de un error tipográfico, queremos referirnos a los adultos mayores, que para la ley que crea el servicio al que se refiere tal acróstico -Servicio Nacional del Adulto Mayor- estaremos todos legalmente en esa categoría cuando alcancemos los 60 años y, créanme, en unos años más seremos muchos quienes estaremos sobre esa valla temporal, principalmente por la implícita mejora que han tenido nuestras condiciones de vida siguiendo al desarrollo y crecimiento de nuestro país.

Por supuesto nuestras reacciones siempre están ligadas con algún caso que traiga escarnio a la situación que sufra una o varias víctimas, de violento maltrato y desprecio a la senilidad, sea que tal sufrimiento se descubra en el seno de una familia que ávida por los bienes de aquel sufriente senil la someta a vejámenes propios de historias de Dickens, o bien, que representen la voracidad endémica de algún lucrativo negocio que tenga como norte el enriquecimiento de un siempre inescrupuloso empresario, a costa de la mantención olvidada de un sufriente y fatigado anciano. Es lo que cada cierto tiempo acaece cuando se incendia algunos de estos frágiles hogares y nos recuerdan que la muerte está viviendo cerca de nosotros, y normalmente no la queremos ver avecindada en la proximidad. La inquietud que siempre surge en esos casos es si cumplen los permisos -vaya a saber uno cuáles son estos-, antes que preguntarnos qué hacemos nosotros por nuestros mayores.

Es que el abordaje de este tema depende de cómo veamos el aporte de estos mayores. Y de cuán conscientes estamos de que les debemos a ellos gran parte de lo que somos. Lo digo porque me ha llamado la atención una nota que publicó hace unos días un diario irlandés que trae datos que abren otra mirada -fresca, diferente, necesaria-. En UK hay 248 personas mayores de 100 años que conducen con licencias vigentes. Hay, asimismo, 100.281 personas mayores de noventa años que conducen activamente, de los cuales 74.564 son varones y el resto mujeres, y esto -según el mismo periódico- porque a los hombres les cuesta mucho aceptar que sus días de conductores han terminado. Es una mirada que inserta a estas personas en la cotidianidad y en el valor de sus hábitos. En nuestro país la mirada respecto de ellos, es la que tenemos con todo lo que no nos gusta: intolerancia. No los toleramos cuando manejan. No toleramos la dificultad que algunos a veces tienen en sus desplazamientos. No toleramos las preferencias que les corresponden solo porque tienen derecho a ellas. No toleramos que tengan los mismos problemas emocionales que hemos tenido y seguiremos teniendo todos. Penas, alegrías, amores y fracasos. No toleramos, ni siquiera queremos imaginar, que tienen el mismo derecho a la sexualidad que tienen los jóvenes, quienes creen y sienten que la sexualidad es una exclusividad etaria que solo a ellos les pertenece.

En vista de la importancia creciente de este tema -por el número explosivo de mayores que habrá en poco tiempo más-, se comenzó primero con una mirada más bien sanitaria que luego ha ido dando un giro hacia un contexto más global, que ha tomado con competencias legales este Senama (ley 19.828), al que nos hemos referido al comienzo, que se ha constituido como servicio público con personalidad jurídica y que actualmente está bajo la supervigilancia del Ministerio de Desarrollo Social. El problema, como tantos otros, es que cuando un Ministerio pierde la identidad material de su objeto y los servicios que sirven los fines sectoriales de esa cartera requieren bienes o actividades de muchos otros sectores o ministerios, al final terminan sirviendo malamente los fines principales que justificaron la creación de tal o cual servicio. Piénsese en el Sename -ahora nos referimos a aquel- y en la cartera ministerial que lo cobija (Justicia); el problema de estos menores es accidentalmente de justicia, y es esencialmente de salud, educación, deportes, cultura, trabajo, inclusión, capacitación, etc. Dicho de otro modo, mientras no logremos construir verdaderos clústeres de fines públicos conforme a identidades definidas y con integraciones orgánicas de múltiples sectores, bajo una coordinación y jerarquía consecuente, se nos seguirá escapando la solución entre los miles de números de leyes que sigamos dictando.

Por lo demás, como también se ha recordado recientemente, estamos ad portas de la promulgación de la Convención Interamericana de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, que incorporará a nuestro ordenamiento jurídico una serie de derechos que hoy -aunque los tienen por razones de dignidad o de ordenamiento común- generalmente se les desconocen (igualdad, no discriminación por razones de edad, trato digno en la vejez, salud, trabajo, cultura, accesibilidad....etc.).

Este nuevo aliento, que seguramente se verá acelerado en razón de encontrarnos en un contexto electoral, debe servirnos para asumir esta realidad de que alrededor de un quinto de la población es mayor de 60 años en nuestro país, que muchas de estas personas están plenamente activas, en todo, y por eso mismo, el modo de abordarles -a ellas y sus exigencias- debe ser enfocado en el contexto del prisma que esto supone donde se insertan temas que ni siquiera lográbamos visualizar hace unas décadas: paternidades avanzadas, desafíos profesionales de personas mayores, créditos y avales para nuevos emprendimientos de estas personas, mejoras dignas en sus pensiones, subsidios constructivos de localización en regiones templadas (con mejoras geriátricas debidamente coordinadas con salud), fomento de nuevas reglas de comunidad y calidad de vida (desde velerismo, clubes de hobbies, o vacaciones -lo que ya se hace con programas presupuestarios bien implementados-). Adelantarse a la Convención es una necesidad. Lo demás, es pura ingenuidad juvenil.

Pero al final un consuelo amargo: cada vez que nos acercamos al desarrollo, que a veces se nos aleja, nos aparecen siempre problemas nuevos. Pero esto es evidente, porque el desarrollo es un estadio nuevo. Así las cosas, resulta prudente ver cómo se abordan estos temas en sociedades que están hace ya tiempo en ese estadio, no para copiar, sino para tomar esa experiencia. Y para esto, nada mejor que la literatura, y para ello recomiendo a Jonas Jonasson, un lúcido escritor sueco que el 2009 publicó una novela donde el personaje principal -Allan Karlsson- es un abuelo que el día de su centésimo cumpleaños, el 2 de mayo de 2005, ¡saltó por la ventana y se largó...! Ese viaje, que transfiere sabiduría, no sé si podrían hacerlo nuestros abuelos, desde luego las ventanas enrejadas de las casas que los retienen ni siquiera les permitirán saltar. Sacar esas rejas es la primera de las tareas que debemos abordar. 

Ramiro Mendoza
Facultad de Derecho
Publicado el Sábado, 29 Julio 2017 en El Mercurio