Un patrimonio que “circula”…

Diego Melo

Es bien sabido que, al menos desde el año 800 y gracias al impulso de la civilización islámica, el mediterráneo se fue transformando, paulatinamente, en un espacio de intercambio económico virtuoso y animado. La misma civilización del islam se encargo de tender “un puente” que vínculo a oriente con occidente. Los resultados de lo anterior no solamente se manifestaron en el desarrollo de una revolución agrícola, y en un intercambio de materias primas y productos elaborados, sino que también, en el ámbito de la circulación cultural; esta cultura, a su vez, manifestada en aspectos tecnológicos, científicos, filosóficos y religiosos, entre otros.

Todo esto explica que, incluso, en un lugar que, hoy por hoy, nos parece excéntrico, se haya generado un repositorio cultural que hasta el día de hoy preserva uno de los legados más apreciados de la cultura islámica: los cientos de manuscritos de todos los tipos que se conservan en Tombuctú, Mali.

Ese conocimiento, contenido en aquellos códices no es un patrimonio exclusivo del islam; por cierto, lo es también de occidente, ya que esas obras preservan un acervo cultural que tiene manifestaciones “universales”. Conocimiento que viajó y se instaló allí, para, por medios diversos, expandirse.

Preservados por cientos años, protegidos de ser destruidos, no han sido sino las recientes manifestaciones “barbáricas” las que los han puesto en peligro. Muchos de ellos se han salvado providencialmente y otros han sido rescatados a partir de la migración; sí, del movimiento permanente de las personas que en ese circular han “atesorado” esos testimonios como único bien. Y así ha sido a lo largo de la historia. La migración, no sólo comporta el movimiento de personas, también de la propia cultura que se exporta hacia el lugar de acogida.

No es ningún misterio que a fines del siglo XIX Chile se transformó en receptor de una migración importante de sirios y libaneses, y más tarde, palestinos. Un grupo no menor de los mismos eran musulmanes y entre sus reliquias, muchos, atesoraban el libro sagrado del islam, el Corán. Lo traían en formato pequeño, pero también en grandes y decorados manuscritos. Porque, el mismo, comporta una seña de identidad indiscutible del musulmán.

No sabemos como, pero pudo haber sido por esa vía, en la Biblioteca Nacional existe un hermoso ejemplar de un manuscrito coránico. En alguna oportunidad, nos aventuramos en hacer un perfil codicológico del mismo. Por su aspecto externo, su caligrafía, la tinta y la encuadernación pareciera ser de origen magrebí. Sin embargo, adolece de una serie de elementos que podría ayudar en su datación, aunque se cree que es del siglo XVI. Un análisis pormenorizado de sus materiales nos daría señas más concretas. Lo anterior, no es sino, una manifestación de lo que hemos comentado: el conocimiento circula, como lo hace la palabra escrita, como lo hacen las personas; y es bueno que así sea, porque la contribución de la circulación de ideas ha sido una clave en el desarrollo de la cultura y de civilización contemporánea. Y eso hace que aquí, en el finis terrae, se encuentre una muestra de ese patrimonio circulante, que, a la vez, es universal.

Diego Melo
Facultad de Artes Liberales
Publicado el Jueves, 30 Noviembre 2017 en La Tercera