Un perdón en espera

Karen Trajtemberg

La carta enviada por el Papa Francisco fue una potente señal no solo para el mundo eclesiástico y las víctimas de abusos sexuales, sino también para los chilenos que habían seguido más o menos de cerca el caso Karadima, las protestas en contra del obispo de Osorno, Juan Barros, e incluso la visita del propio Pontífice a nuestro país, en enero pasado.

La misiva cayó como una especie de bomba en medio de la reunión de la Conferencia Episcopal en Punta de Tralca. El mensaje venía directamente desde El Vaticano y con la expresa orden de que monseñor Santiago Silva lo leyera allí, frente a todos los obispos, incluidos algunos de los denunciados como supuestos encubridores de Karadima, situación que ahora, por primera vez, era reconocida como plausible por el Sumo Pontífice.

Anteriormente, Jorge Bergoglio se había mostrado reticente a aceptar las versiones de quienes hacían estas acusaciones contra Barros, Horacio Valenzuela (Talca) y Tomislav Koljatic (Linares). Tanto, que en 2015 –ante las protestas en contra de la llegada de Barros a Osorno- ya el Papa había dicho que los manifestantes eran “tontos” y que se dejaban convencer por “zurdos”, a la vez que advertía que no había pruebas en contra del obispo.

A mayor abundamiento, este año, en su visita a Chile, Francisco insistió en que "mientras no se entreguen pruebas contra él (Barros)" no veía razones para dudar del prelado y que todo lo que se decía eran “calumnias”.

Por eso, llamó la atención la fuerza de la carta enviada ahora por el Papa, el cambio en su discurso y el momento en que decide dar a conocer su postura: justo cuando la Conferencia Episcopal en pleno estaba reunida, incluidos allí los religiosos cuestionados, que escucharon sorprendidos  las seis páginas enviadas desde Roma.

Las palabras del Pontífice fueron duras, pues habló de “vidas crucificadas” y dijo que ello le “causa dolor y vergüenza". Además, apuntó a los responsables de la iglesia local –entre ellos, al cardenal Francisco Javier Errázuriz-, al decir que la “grave” equivocación tiene un origen claro: “Falta de información veraz y equilibrada", la que precisamente sus hombres de confianza en el país debieran haberle proporcionado (aunque el cardenal se apuró en decir públicamente que no era su trabajo informar ese tipo de situaciones. Plop, como diría Condorito).

El gesto es inédito. Nunca antes un Papa había hablado tan fuerte y tan claro sobre estos temas. No aquí en Chile. Sin embargo, la pregunta es si aquello será suficiente. Precisamente hace unos días, un lector de este mismo diario advertía que “pedir perdón y sentir vergüenza no bastan para reparar y reconciliar” y efectivamente eso es parte de los graves problemas de credibilidad que tienen hoy en nuestro país gran parte de las instituciones: carabineros, el Congreso, la política en general, las empresas y, por cierto, la iglesia.

Porque el perdón solo, sin medidas que reparen –al menos en parte- el dolor o daño causado, no sirve para nada. Está vacío. Así sucedió con los mea culpa por las violaciones a los DD.HH., sin que nadie sepa todavía qué pasó con la mayor parte de los detenidos desaparecidos; las disculpas que pronunció la expresidenta Michelle Bachelet por el Transantiago, por el voto voluntario y por su actuación ante el caso Caval; las explicaciones públicas del entonces candidato Sebastián Piñera por el caso Bancard, o las sentidas palabras de los empresarios de la CPC luego de los temas de colusión… Todo lo anterior, sin que en realidad se tomen medidas rigurosas que permitan dar vuelta la página.

En el caso del Papa, todavía es temprano para juzgar. Pero muchos –incluidas, en primer lugar, las víctimas- están a la espera de saber qué más hará el Pontífice. Si efectivamente esta “vergüenza” que dijo sentir será un motor suficiente para enfrentar el statu quo  y realmente “terremotear” la anquilosada primera línea eclesiástica del país, en pos de construir una iglesia más sana y que pueda recomponer su relación con la sociedad chilena.

Uno de los preceptos del catolicismo dice que el arrepentimiento debe ser genuino y estar acompañado de la firme intención de enmendar. La carta de Francisco habla de ese acto de contrición, pero mientras no se conozcan las medidas concretas que tomará en la jerarquía eclesiástica –y que comunicaría en mayo, en Roma-, no es más que un perdón en compás de espera, en un país donde una de cada tres personas dice que no cree en la Iglesia Católica y donde la palabra “perdón” está demasiado usada y, a estas alturas, poco valorada.

Karen Trajtemberg
Escuela de Periodismo
Publicado el Domingo, 15 Abril 2018 en El Mercurio de Valparaíso