Esa extraña sensación de Déjà Vu

Karen Trajtemberg

La escena es conocida. Tras un mes de incertidumbre, el 11 de marzo de 2018 Michelle Bachelet le entregará la piocha de O’Higgins y la banda presidencial a Sebastián Piñera. Tal como sucedió en 2010, nuevamente la actual Mandataria es derrotada por la derecha y debe sonreír a la cámara mientras deja su legado para ser guillotinado por la oposición.

Es una historia que los chilenos ya habíamos vivido, hace casi ocho años, cuando Eduardo Frei representó al conglomerado de centro izquierda. Y al igual que en ese momento, hoy  serán muchos los análisis que culparán a Bachelet de la derrota, pues una vez más no es capaz de hacer trascender su legado en un nuevo gobierno de sus filas y termina sonriendo de mala gana mientras toma desayuno con Piñera.

Las semejanzas con las elecciones del 2009 no terminan ahí. Al igual que en ese momento, Alejandro Guillier no era el mejor candidato al que podía aspirar el oficialismo (el carisma no era lo suyo y no logró adquirirlo en el proceso tampoco), no obstante la caída del postulante de la derecha en la primera vuelta (donde obtuvo menos del 40% de los sufragios),  le había dado un nuevo aire a su principal contrincante. Algo así como la “mejoría de la muerte”. Frei no tuvo esa suerte, pues desde el primer momento supo que la segunda jornada electoral le sería adversa.

Al igual que hace ocho años, el conglomerado de gobierno termina dando  palos de ciego, más concentrado en las luces individuales y los llaneros solitarios, que en armar un proyecto de futuro, mirando a un Chile que quería cambios, pero desconociendo que este nunca ha sido un país donde las reformas a ultranza generen respaldo. 

Otra vez, la Nueva Mayoría queda en la posición de hacer un mea culpa profundo y sincero. El que evitó hacer en 2010. Porque coincidentemente fueron los partidos los que se dedicaron a canibalizarse durante todo este periodo, para terminar con una coalición fragmentada, como no había sucedido nunca desde el regreso de la democracia. El bloque de gobierno es el gran responsable de la derrota. No por tratarse de una coalición “vieja” como le gusta decir a los frenteamplistas, sino porque durante cuatro años se dedicó a torpedear a su propia Presidenta y a hacer gala de conceptos tan poco convocantes como la retroexcavadora de Girardi y Quintana: al chileno nunca le han gustado los bulldozer en su día a día, sino propuestas que miren hacia adelante y que le den seguridad.

La participación ciudadana también fue parecida en ambas situaciones. Más de 7 millones de votantes estuvieron dispuestos a sufragar. La incertidumbre que se había instalado en la campaña probablemente permitió que –por primera vez- la segunda vuelta contara con una convocatoria mayor que la primera jornada eleccionaria. En un escenario distinto al de 2010, pues en ese momento todavía existía el voto obligatorio. Para adelante quedarán los análisis que permitirán entender por qué la ciudadanía acudió en masa a las urnas. ¿Habrá sido una legítima convocatoria por parte de Piñera, o más bien el miedo a Guillier lo que levantó a los chilenos?

Y las semejanzas continúan. El Frente Amplio se convierte en el símil de Marco Enríquez-Ominami del 2010. Si en ese momento fue el ex PS el que concentró al 20% de indignados, ahora lo hizo la coalición de Beatriz Sánchez. La dificultad estará–al igual que en el caso de ME-O- en capitalizar ese respaldo ciudadano (lo que ahora debería resultar más fácil, considerando que a diferencia del exabanderado, el nuevo conglomerado tendrá una representación importante en el Congreso). Sin embargo, le será bastante más difícil convertirse en una oposición de peso, por cuanto sus pataleos –que de acuerdo a las cifras de la votación de ayer, no era tan relevante como ellos decían- se confundirán con los de una Nueva Mayoría que estará en la misma posición.

El futuro del presidente electo también tiene paralelo con su triunfo anterior. Por más sonriente que esté, lo cierto es que gobernar el país no le será fácil. Con una Cámara de Diputados y  un Senado donde los números no le darán para conseguir por sí solo reformas importantes. Y con un Frente Amplio al que va a ser imposible convocar. Desde ahora, Piñera deberá escribir cien veces “debo negociar con la oposición”. Y no será su única tarea, porque al igual que en 2010, deberá enfrentar a su peor enemigo: él mismo. La ciudadanía nunca lo ha considerado cercano ni de confianza y ahí estará su mayor desafío, si quiere mantener el gobierno para sus filas en cuatro años más.

Su peor adversario no será la oposición. Ni siquiera su propia coalición, como fue la vez pasada. El rival será el desencanto y la desconfianza de la ciudadanía, desencantada y recelosa, que lo auscultará ante cada paso que dé. Porque nuevamente, al igual que en 2010 y como si fuera un deja vu, este no fue un triunfo de Piñera. Fue la derrota de Bachelet y de la Nueva Mayoría.

Karen Trajtemberg
Escuela de Periodismo
Publicado el Lunes, 18 Diciembre 2017 en El Mercurio de Valparaíso