¿Y por qué no el parlamentarismo?

Cristóbal Bellolio

Escuela de Gobierno
Revista Capital

A diferencia de lo que ha ocurrido recientemente en otros países de la región, el impulso constituyente chileno parece desasociado de la tendencia latinoamericana de darle más poder al poder presidencial. Los que temen una convención constituyente que termine por consagrar una especie de cesarismo chavista harían bien en echarle una mirada al debate concreto que están teniendo los partidos chilenos, donde gana terreno la idea de avanzar hacia un régimen semipresidencial o semiparlamentario (dependiendo del punto de vista).

Es una idea que viene proponiendo Marco Enríquez desde hace un tiempo. Es la idea que subyacía al malogrado acuerdo DC-RN. Es una idea que toma fuerza al interior del PS.

Es una idea que seduce también a las sensibilidades liberales.

En teoría, un modelo semiparlamentario distribuye más equitativamente las cuotas de poder entre los poderes del Estado, conservando la figura presidencial –en calidad de jefe de Estado– pero habilitando la figura del primer ministro o líder de la mayoría parlamentaria –en calidad de jefe de Gobierno–. El problema de esta fórmula es que no queda enteramente claro quién manda. Si el presidente sigue siendo elegido por votación universal y directa, la población depositará sus expectativas sobre dicho cargo, en circunstancias que las labores de conducción política efectivas recaerán sobre el primer ministro y su gabinete. Esta cohabitación se puede convertir en un fenómeno especialmente problemático si el jefe de Estado y el jefe de Gobierno tienen signo político distinto (como ocurrió en Francia cuando Jacques Chirac fue presidente y Lionel Jospin su primer ministro).

Para evitar esta confusión de roles, quizás sería mejor idea pensar derechamente en la adopción de un sistema parlamentario con todas sus letras. Esto quiere decir que la ciudadanía no escoge directamente un presidente de la república, sino que escoge directamente a sus congresistas (reunidos en una sola Cámara). Forma gobierno aquel partido o coalición que sea capaz de aglutinar y conducir políticamente una mayoría parlamentaria. El líder del partido o coalición mayoritaria se convierte en primer ministro, hasta que no cambie la correlación de fuerzas o se produzca una censura de sus pares.

Una de las ventajas de este modelo –por sobre el presidencialista que actualmente tenemos– es que se reducen drásticamente las opciones de los liderazgos meramente carismáticos o de los caudillos del momento. Aunque Chile todavía está lejos de convertirse en Perú en ese particular respecto, no sería descabellado que en el futuro siguiera creciendo la votación de los presidenciales outsiders en desmedro de la suma de votos de los candidatos de las grandes coaliciones. Un presidente elegido por su conexión emotiva con el pueblo puede ser romántico, pero institucionalmente complejo si no cuenta con ningún apoyo parlamentario para sacar adelante su programa. De hecho, el propio Sebastián

Piñera ya sufrió en carne propia lo que era gobernar sin mayoría parlamentaria. Parte de su discurso de enfocarse en la gestión tenía que ver con este reconocimiento.

El modelo parlamentarista exorciza esos riesgos: el Jefe de Gobierno, por definición, tendrá siempre mayoría parlamentaria. Cuando deja de tenerla, cae. Para evitar vacíos de poder, se podría emular la norma de censura constructiva a la alemana: sólo cesa en funciones el primer ministro cuando la mayoría censuradora ha llegado a un consenso sobre su reemplazante. Quedan a la vista las dos ventajas del sistema por sobre el presidencialismo: por una parte, se incentiva la formación de partidos fuertes capaces de generar condiciones de mayoría parlamentaria; por otra, se evita la paralización del gobierno por la ausencia de dichas mayorías. Que el sistema sea parlamentario no implica que el Ejecutivo sea débil; por el contrario, su titular tiene más margen de maniobra que un presidente con un Congreso adverso (ni Cameron ni Merkel habrían tenido los problemas que ha tenido Obama, por ejemplo, a la hora de aprobar su reforma de salud). Finalmente, tampoco es mala idea que los miembros del gabinete –que idealmente serán diputados reclutados de la mayoría parlamentaria– tengan algún tipo de validación democrática.

Por supuesto, el jefe de Gobierno podría conservar todos los simbolismos que actualmente goza el presidente de la República. Podría incluso retener el título, para no espantar a los nostálgicos. Como lo hizo en el mal llamado período parlamentario de comienzos del siglo pasado. Con la diferencia que aquello fue cualquier cosa menos un régimen parlamentario en forma. Su fracaso no descalifica la propuesta actual.

Por supuesto, una innovación tan radical como ésta tiene pocas chances de convertirse en realidad. Sin embargo, es positivo que en paralelo a la discusión acerca de la forma que debe tomar el proceso constituyente, estemos conversando sobre algunos de sus posibles contenidos en el ánimo de explorar la viabilidad política del experimento
 

Cristóbal Bellolio
Escuela de Gobierno
Publicado el Viernes, 10 Julio 2015