Vida después de la jubilación: ¿trabajar o no trabajar?

Mariana Bargsted

La jubilación en Chile es, en realidad, una pensión por vejez de carácter voluntaria a la que pueden acceder las mujeres y hombres trabajadores a los 60 o 65 años, respectivamente. Así está considerada legalmente. Este sistema, en entredicho últimamente, tiene como ventajas importantes la voluntariedad y el hecho de que una persona que tiene la pensión de vejez puede seguir trabajando legalmente. En muchos países eso no es así, las personas deben retirarse y no pueden volver a tener un contrato de trabajo. Como desventajas, la diferencia de edad de jubilación entre hombres y mujeres, junto con la menor equidad en las trayectorias femeninas (en estabilidad e ingresos) las pone en una situación de mayor vulnerabilidad, dado el sistema de capitalización individual de pensiones que existe en Chile.

Sabemos que el sistema de pensiones en Chile tiene grandes falencias que deben ser resueltas en el corto y mediano plazo. Y que ante un problema complejo, la solución nunca será simple. Pero, más allá del sistema de pensiones, surgen las interrogantes respecto de ¿a qué edad fijar la jubilación?, ¿la misma para hombres y mujeres? Y especialmente, después de la jubilación, ¿se debería seguir trabajando?

Respecto de la edad para fijar la jubilación y la igualdad entre hombres y mujeres, es un tema crítico en sistemas de retiro obligatorio y con imposibilidad de trabajo posterior. En estos lugares, la edad de retiro se va aumentando, siendo la misma para hombres y mujeres. Pero en Chile, con un sistema voluntario que permite continuar trabajando, el tema es relevante pero no crítico. De hecho, según un estudio de la OCDE, las mujeres chilenas son las que se retiran más tarde entre los países estudiados, a los 70 años, y los hombres chilenos son los terceros en el conjunto de países, retirándose a los 69 años.

Y sobre la tercera pregunta, si se debe continuar trabajando después de la jubilación, hay varios factores a tomar en cuenta para responderla.

En primer lugar, el envejecimiento progresivo de la población y el aumento de calidad de vida hacen que cada vez más personas alcancen y superen la edad de jubilación con múltiples capacidades, tanto físicas como psicológicas, especialmente en trabajos con menor demanda física y mayor demanda intelectual. Así, la vitalidad, energía, conocimientos e interés por seguir contribuyendo laboralmente, son un capital tanto para las organizaciones como para las personas. Es decir, cada vez hay mayor distancia entre la edad de jubilación y la edad en la que las personas sienten que deben dejar de trabajar. Por supuesto que esto es una tendencia y existen personas que desean retirarse antes para dedicarse a otras actividades o porque están cansados del trabajo.

En segundo lugar, desde el ámbito médico y psicológico, se sabe que el trabajo cumple una serie de funciones psicosociales positivas, asociadas al sentido de identidad y contribución social, autonomía, actividad física, estructuración de la vida cotidiana y mantención de redes sociales, todos factores protectoras de la salud.

Y, en tercer lugar, las estrategias para enfrentar esta situación requieren de un cambio fundamental en cómo vemos el retiro. La salida del mundo laboral es vista y vivida hoy en Chile como un evento: un día voy al trabajo y al día siguiente ya no tengo nada en qué ocuparme. Sin embargo, las experiencias e investigaciones en otros países que llevan más tiempo enfrentando este fenómeno, llevan a verlo como un proceso en el cual las personas y las organizaciones desarrollan diversas estrategias para que sea una transición paulatina, desde el trabajo a tiempo completo en la misma trayectoria, hacia el retiro total, pasando por un conjunto de posibilidades llamadas bridge employment (o empleos-puente).

Dentro de estas opciones se encuentra el trabajo parcial, reingreso al mundo laboral en otra labor o rubro, trabajos temporales, parciales y el emprendimiento o autoempleo. La implementación de estas modalidades, sin embargo, requiere que la sociedad, las organizaciones y las personas resuelvan y dejen atrás los prejuicios laborales respecto de las personas mayores de 50 años y desarrollen estrategias efectivas para implementar este tipo de transiciones y nuevas carreras a partir del retiro.

Se cuenta con suficiente evidencia científica respecto de los beneficios de la prolongación de las trayectorias laborales en cualquiera de las modalidades señaladas, tanto para los trabajadores(as), las organizaciones y la sociedad. Se sabe que puede mejorar la calidad de vida y la satisfacción vital, la salud mental y física, la seguridad financiera y autonomía. Para las organizaciones implica mantener el capital de conocimientos y habilidades de trabajadores experimentados, además de mantener la productividad, con trabajadores motivados y competentes. Y para la sociedad, implica impactos positivos a nivel económico y de inclusión social.

Sin embargo, todos estos beneficios solo son posibles si el trabajo después de la jubilación se da en ciertas condiciones. Se requieren trabajos dignos, adecuados a las capacidades físicas e intelectuales de este grupo etario, con igualdad de oportunidades para el emprendimiento. Esto es un punto crítico en nuestro país. Los trabajos a los que tienen acceso hoy los trabajadores mayores son de baja calificación y renta. Y, a cierta edad, los emprendedores y autoempleados no son sujetos de apoyos financieros privados o públicos. Pero la condición más relevante para que la prolongación de la trayectoria laboral sea positiva es la voluntariedad. Solo cuando las personas quieren seguir trabajando, se materializarán sus efectos positivos. Si las personas quieren dejar de trabajar y no pueden por razones económicas, no solo no se darán estos beneficios, sino que la salud física y psicológica será menor.

En consecuencia, podemos responder a esta pregunta indicando que, si la sociedad y las organizaciones generan las condiciones para que el retiro sea un proceso paulatino con múltiples alternativas de bridge employment y las pensiones permiten que no sea perentorio seguir trabajando para sobrevivir, muchas personas podrán prolongar voluntaria y satisfactoriamente sus trayectorias. Seguir trabajando no debe ser una solución a la precariedad de las pensiones, sino a la necesidad de seguir activas de muchas personas que envejecen en forma saludable y quieren continuar aportando a la sociedad.

Mariana Bargsted
Escuela de Psicología
Publicado el Viernes, 05 Agosto 2016 en El Mostrador