Uber y la destrucción creativa

Ignacio Briones

Decano Escuela de Gobierno

La Tercera

Hace poco visité Nueva York. Contrario a lo que recordaba, me sorprendió lo rápido de tomar un taxi en el aeropuerto. Recordaba también la pesadilla de encontrar uno en la calle. Al preguntarle al chofer cómo reservar un taxi para mi avión de vuelta, respondió: “Hace unos años era necesario. Pero ahora ya no tendrá problemas en encontrar taxis en la calle”. Y remató: “¿Ha escuchado hablar de Uber?”

La anécdota ilustra los efectos de la mayor competencia generada por los llamados “Vehículos de Turismo de Conductor” (VTC) en las principales ciudades del mundo. El impacto en servicio es claro: menores tiempos de espera, autos de alto estándar y tarifas muy atractivas que se adaptan dinámicamente a la oferta y demanda.

Se trata de una revolución que tiene en pie de fuera a los taxistas que ven sus rentas diluirse con la mayor competencia y claman por la protección de la autoridad. Una polémica que ya llegó a Chile. Es una revolución, además, porque cambia en 180 grados el modelo de negocio tradicional.

Y es que el negocio de empresas como Uber no es ofrecer taxis. Es proveer una plataforma tecnológica en los smartphones que facilita el encuentro entre particulares para, pago mediante, compartir un auto. El negocio es el portal. Y los actores, son las personas: usted o yo. Eso cambia todo. Algo similar a lo que ocurre en plataformas como eBay (bienes de consumo) o Airbnb (arriendos temporales de propiedades).

Las nuevas tecnologías posibilitan intercambios antes inviables debido a altos costos de transacción. Surgen soluciones que rentabilizan y hacen un uso mucho más eficiente de recursos otrora ociosos: un auto parado que puedo ofrecer por horas; una vivienda que puedo arrendar por días: o incluso mi propio tiempo ocioso, trabajando a intervalos flexibles. Y todo esto es productividad a la vena, punto crucial a no olvidar.

Los taxistas alegan una supuesta “competencia desleal”, ya que ellos están sujetos a regulaciones propias (cupos, color del auto, taxímetro, tarifa regulada). Cierto, pero la respuesta ni pasa por aplicar esa misma regulación a los VTC. ¿Tendría algún sentido aplicar la regulación de las victorias a los automóviles?

Y es que la regulación “tradicional” es contingente a una épica en la cual empresas como Uber eran ciencia ficción. Hoy son una realidad y una regulación inteligente debiera adaptarse al cambio en lugar de forzar fórmulas regulatorias anacrónicas. Por de pronto, internalizando que la tecnología y los menores costos de información hacen de la reputación un potente mecanismo de autorregulación llamado a reemplazar una serie de regulaciones formales tradicionales.

Ante la amenaza competitiva, algunos sugieren incluso prohibir los VTC. Siendo las personas las protagonistas, ¿Es razonable que, so pretexto de una mal entendida competencia desleal, se nos prohíba a usted y a mí acordar libremente en una plataforma virtual el compartir un auto? Eso sería tan atentatorio a nuestra libertad como prohibirnos el arriendo temporal de nuestras casas arguyendo no ser desleales con los hoteles.

Que la competencia genera ganadores y perdedores, no hay duda. Es lo propio del proceso de destrucción creativa que bien identificó Schumpeter. Pero ese proceso no es un juego de suma cero. Crea valor. Creación de valor que la regulación debiera permitir en lugar de bloquear.

Ignacio Briones
Escuela de Gobierno
Publicado el Lunes, 04 Abril 2016