Sin competencia no hay meritocracia

Ignacio Briones

Decano Escuela de Gobierno

El Mercurio

Tomó muy poco tiempo. En cosa de meses el "lucro" se transformó en una palabra pecaminosa. Hoy advertimos que un nuevo concepto empieza a ser cuestionado: la competencia. Y no nos referimos a aquella puesta en jaque por malas prácticas empresariales. En ese plano, afortunadamente parece existir consenso sobre lo imperativo de defenderla y castigar a los infractores. Nos referimos a otra arista del concepto, mucho más profunda y que es menester reivindicar: la competencia como fundamento del mérito. Como promotora de oportunidades. Seamos claros: sin competencia no hay meritocracia.

Chile está al debe en esta materia y, lo que es peor, ha ido cediendo crecientemente a un discurso anticompetencia en este plano. El ser humano no debe caer en la tentación de competir, se nos dice, agregándose equívocamente que la competencia, cual resabio del modelo neoliberal, atentaría contra la cooperación y sería responsable de muchos de los males sociales.

La discusión educacional ilustra como pocas esta arremetida. ¿La reducción del Aporte Fiscal Indirecto (AFI) no atenta acaso contra la competencia? ¿Y favorecer a un grupo de universidades y discriminar entre alumnos sin más justificación que el privilegio histórico de llamarse CRUCh? ¿Y qué hay del gremio de los profesores, que ve en las evaluaciones la gangrena de la competencia y un atentado al "compañerismo"?

Este creciente desdén del concepto de competencia es alarmante. Nos aleja de un objetivo que suponemos ampliamente compartido: transformarnos en una sociedad de acceso libre, sin discriminación o privilegios arbitrarios, donde sea el mérito el principal determinante del progreso individual y societal.

¿Por qué la competencia es una condición necesaria para tal ideal? Esencialmente, porque resuelve de forma adecuada el problema epistemológico que surge a la hora de distribuir recompensas y posiciones buscando identificar a los más meritorios. Sin ir más lejos, nuestra selección campeona de América proporciona un ejemplo que todos los chilenos entienden: ¿Podría haberse esperado tal histórico resultado de equipo si sus jugadores no compitieran por ganarse un puesto, no solo en la selección, sino en las ligas más exigentes del mundo? Ciertamente, no.

Es que el proceso competitivo es virtuoso. Por un lado, la verdadera competencia proporciona un mecanismo de selección ciego a las discriminaciones arbitrarias. Por otro, entrega las señales adecuadas para incentivar el esfuerzo. Se erige así en un principio de justicia distributiva fundamental a la hora de propender a la igualación de oportunidades.

En cambio, cuando los cargos y recompensas se reparten de manera discrecional, cerrada y sin apuntar al mérito, se engendra la injusticia. Quienes con liviandad denuestan a la competencia debieran hacerse cargo de este problema central. ¿Cómo se siente un trabajador cuando el puesto por el que se ha esforzado se asigna arbitrariamente a quien tiene menos méritos? ¿O si su capacidad de hacer carrera está determinada por antigüedad (a propósito del sector público)? ¿No es eso acaso profundamente injusto y castrador de la dignidad?

Por supuesto, un resultado natural de la competencia es que haya desigualdades. Pero aquí no hay que confundir las cosas. Lo que repugna al ciudadano no es la desigualdad per se, sino que la desigualdad injusta. Esa que surge al sustituir la competencia por la discrecionalidad y diferencias arbitrarias por cuna, género, raza u orientación sexual. Por eso, el problema no es el exceso de competencia por las oportunidades y las recompensas, sino la falta de ella.

Si bien la competencia es condición necesaria para el descubrimiento y el ejercicio del mérito, no es, por supuesto, una condición suficiente. Amén de la voluntad de tender hacia una sociedad abierta, se requiere de condiciones para que los individuos estén en plano de relativa igualdad para poder desplegar sus talentos, ejercer su libertad y competir. Naturalmente esto impone exigentes desafíos a la política pública en aras de buscar nivelar hacia arriba.

Quienes ayer lucraron con el "fin del lucro", hoy compiten por cuestionar el valor de la competencia. Pero su error es grande. Al chileno le urge avanzar hacia una sociedad de acceso abierto que promueva más competencia por las oportunidades, no menos.


*Columna escrita junto a Sergio Urzúa, Universidad de Maryland y Clapes-UC.

Ignacio Briones
Escuela de Gobierno
Publicado el Sábado, 28 Noviembre 2015