Ser o no ser: el gran dilema

Leonidas Montes
Escuela de Gobierno
La Tercera

Esta semana se dio a conocer el índice de competitividad del World Economic Forum (WEF), que es el resultado de una rigurosa radiografía a 140 países sobre la base de 12 pilares que inciden en el progreso. En el año 2004 ocupábamos el destacado lugar 22. En ese entonces el Presidente Lagos insistía que “en Chile las instituciones funcionan”. Éramos los tigres o, mejor dicho, los jaguares de Latinoamérica. El alumno mateo del curso. Incluso, un país aburrido, como alguna vez nos definió The Economist. En fin, el único país sudamericano que logró ser miembro del exclusivo club de los 34 países ricos que pertenecen a la Ocde (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos). Pero ahora ya no somos un país tan aburrido. Tenemos poderosos movimientos telúricos y también poderosos movimientos que inspiran y laceran nuestras políticas públicas. Nuestras instituciones ya no funcionan tan bien. Y para qué hablar de las nuevas leyes. Basta recordar los desafortunados avatares de la ley tributaria. Todo terminó en un enredo que se intenta corregir y que sólo ha beneficiado a las auditoras, abogados y asesores tributarios. Para rematar, la chapucería en educación no merece comentarios. En definitiva, dejamos de ser mateos.

Todo esto se anticipa en el acucioso índice de competitividad. Lenta y gradualmente hemos ido perdiendo posiciones. En 10 años hemos caído del lugar 22 al 35. Es cierto que todavía somos la estrella más brillante de Latinoamérica. Pero ¿queremos volver a jugar a la pichanga con nuestros vecinos? La verdad es que Chile ya entró a jugar, como Alexis, en las ligas de la Ocde. Y en ese partido poco a poco vamos perdiendo nuestro juego de piernas.

Un hecho simbólico. El año pasado, Chile ocupaba el lugar 33. España nos seguía en el lugar 35. Pero este año Chile bajó al lugar 35 y España subió al 33. Este enroque de posiciones no parece ser casual. Es sólo otro reflejo de lo que está sucediendo en ambos países. Mientras en España se privilegia el “realismo”, en Chile todavía se intenta imponer un trasnochado, anacrónico y desprolijo “sin renuncia”. Ejemplos sobran.

Partamos por lo positivo del índice de competitividad WEF. Dentro del pilar “Instituciones” está  la confianza de la policía. Aquí ocupamos un destacadísimo cuarto lugar. Un verdadero orgullo para Carabineros y la PDI. En el pilar “Desarrollo Financiero”, también somos top ten en la solidez de nuestra banca: ocupamos el lugar número 9. Y en temas relacionados a la “regulación de la Bolsa”, hemos mejorado de un paupérrimo lugar 104 el año 2010, a un notable lugar 19 este año.

Existe un índice preocupante en el pilar “Instituciones”: “el favoritismo en decisiones de funcionarios de gobierno”. El año 2011 ocupábamos un destacado lugar 14. Éramos, o creíamos que éramos, un país probo en el manejo de lo público. Este año caímos al lugar 42. Esto es consistente con lo que dicen otras encuestas. Parece que nuevamente hemos olvidado que el Estado es de todos los chilenos y no del gobierno de turno.

Aunque para algunos en la Nueva Mayoría sería una herejía neoliberal hablar de “eficiencia” o de “mercado laboral” -prefieren hablar de “derechos” y “trabajo”-, el pilar “Eficiencia del Mercado Laboral” mostró la mayor caída. En el año 2007 ocupábamos el lugar 14. Hoy, ya estamos en el lugar 63. Y sólo en el último año caímos 13 lugares. Pese a todo esto, en Chile seguimos entrampados en una discusión laboral cuya narrativa parece inspirada por el legado de la revolución industrial. Nos enredamos en la definición del “puesto de trabajo” o “función” y casi no existe la palabra flexibilidad en la discusión. En síntesis, estamos inmersos en una discusión anacrónica, cuya lógica parece inspirada por la historia sindical del siglo XX. ¿Por qué no partimos por cambiarle el nombre al Ministerio del Trabajo y lo llamamos Ministerio del Empleo? Quizá esto ayudaría a entender que el objetivo es promover el empleo.

Los resultados de esta compleja negociación pueden tener serias consecuencias para el desarrollo del país. En vez de privilegiarse la libertad de los trabajadores, extendiéndose los beneficios de cualquier negociación, los defensores de la CUT pretenden obligar a los trabajadores a someterse a las decisiones de un grupo. Es más, eliminar el reemplazo en huelga, una práctica extendida en la gran mayoría de los países de la Ocde, se ha transformado en el nuevo corazón de la reforma laboral. Ya sabemos lo que pasó con la eliminación del FUT, el corazón de la reforma tributaria. Pero este caso es peor. Lo tributario se puede corregir, en cambio, enmendar un “derecho” laboral es mucho más complejo.

Por todo esto, cuesta entender que se quiera avanzar a un modelo de sindicalización cuyas consecuencias quedaron en evidencia con el cierre del sindicato BancoEstado. Estamos en la antesala de una dinámica laboral que se regirá por los bonos. Total, al final, como decía ese viejo dicho que desgraciadamente ha perdido vigencia, paga Moya. Años atrás, uno se preguntaba por qué no se entienden los conceptos básicos de un curso de Introducción a la Economía. Ahora, uno se pregunta por qué no se entienden ni siquiera los incentivos.

La reforma laboral es la gran batalla entre el “realismo” y el “sin renuncia”, entre el sentido común y el trasnochado, idealizado y anacrónico discurso sesentero. En definitiva, entre el ministro Valdés y un poderoso sector de la Nueva Mayoría. Con una mala reforma laboral corremos el riesgo de imponer un techo al crecimiento del país. Y de precipitar nuestra caída en competitividad.

El ministro de Hacienda enfrenta un gran desafío. Un desafío cuya derrota lo convertirá, ni más ni menos, que en el Hamlet de nuestra economía: to be or not to be, that is the question. Este es también nuestro dilema en el camino al desarrollo. La historia dirá.
 
Leonidas Montes
Escuela de Gobierno
Publicado el Domingo, 04 Octubre 2015