Ser conservador en Chile

Juan Luis Ossa

 

Si bien el término "conservador" puede hacer alusión a sectores de izquierda y de centro, en Chile es generalmente utilizado para referirse a grupos de derecha. Cabe preguntarse, no obstante, a qué nos referimos cuando hablamos del conservadurismo y si acaso ser conservador hoy en Chile está en línea con movimientos afines en otras partes del mundo.

Hugo Herrera —uno de los mejores exponentes del pensamiento conservador en nuestro país— propuso hace un tiempo que "la derecha política [chilena] se identifica con nociones como los de orden, esfuerzo, libertad y nación", cuatro categorías que podrían ser extrapoladas para identificar las principales características del conservadurismo chileno.

Desde la década de 1830, los términos "orden", "esfuerzo" y "libertad" han sido consustanciales al devenir de los conservadores, en especial gracias a la influencia de personajes como Andrés Bello, Abdón Cifuentes y a la influencia de personajes como Andrés Bello, Abdón Cifuentes y Zorobabel Rodríguez.

El de "nación", en tanto, apareció más fuertemente entre las filas conservadoras en la primera mitad del siglo XX, cuando Francisco Antonio Encina, Alberto Edwards y, en menor medida, Mario Góngora, descollaron como representantes del conservadurismo chileno.

Concuerdo con Herrera cuando propone que dichas nociones, e intelectuales y políticos, forman la espina dorsal de lo que es o debería ser un conservador en Chile.

Me sorprende, sin embargo, que un quinto elemento (un sexto sería la religiosidad) no aparezca entre los conservadores cuando se les pregunta sobre los principios que fundamentan su militancia: me refiero a lo que podríamos denominar como "reformismo tradicionalista", el cual descansa en el pensamiento del irlandés Edmund Burke, conocido como el "padre" del conservadurismo. Como nos recuerda el filósofo Roger Scruton en un libro reciente, Burke fue un defensor irrestricto de que la sociedad es un contrato entre los muertos, los vivos y los que están por nacer, es decir, entre el pasado (o la tradición), el presente y el futuro.

Al mismo tiempo, se opuso en forma vehemente a los excesos de la Revolución Francesa; no de forma reaccionaria, sino defendiendo la idea de que el mejor antídoto ante la revolución era el reformismo gradual. Tradición y reforma se dan cita, pues, en el pensamiento conservador de Burke, sirviendo de faro para otros conservadores.

En Chile, por ejemplo, Bello y Rodríguez fueron medularmente "burkeanos". Resulta paradójico que los conservadores chilenos actuales no hagan suyo el tradicionalismo reformista de Burke.

En la discusión constitucional, por ejemplo, han tendido a aferrarse al inmovilismo anti­reformista, como si la Constitución de 1980 fuera una panacea a los problemas que nos acosan. Cuestión doblemente paradójica si pensamos —como Burke— que una nueva Constitución inspirada en nuestra tradición reformista sería el mejor remedio ante la incertidumbre de una Carta nacida ex nihilo.

Escuela de Gobierno

La Segunda

Juan Luis Ossa
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Publicado el Miércoles, 13 Abril 2016