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Segundo tiempo

Publicado el Martes, 03 Enero 2012
Max Colodro Riesenberg
Max Colodro Riesenberg
Escuela de Periodismo
La Segunda blog

Sebastián Piñera está dejando atrás la primera mitad de su período presidencial. El año que se inicia nos devolverá a la lógica del ciclo electoral, y los actores políticos comenzarán a definir sus candidaturas y estrategias de campaña. A partir de ahora, el Gobierno tendrá cada vez más limitados los espacios para el despliegue de su agenda, y se impondrá un inevitable desplazamiento del foco, desde los anuncios a la etapa de la concreción. Se acaba ya el tiempo de los relatos perdidos o nunca encontrados, y el Gobierno deberá centrarse en aquello que es posible materializar en el corto y mediano plazo, asumiendo que el desafío político por el que será al final evaluado es y será la reelección. Y todo ello, partiendo de un cuadro de fuerte desgaste y debilidad; teniendo que sobreponerse a la condición de ser hoy día el Ejecutivo peor evaluado desde el retorno a la democracia, con su capacidad de interlocución disminuida y compartiendo su descrédito con el conjunto del sistema institucional y político.


No hay claridad aún si este segundo tiempo conllevará un giro o una inflexión estratégica. La oportunidad de utilizar un cambio de gabinete para relanzar al Gobierno en esta nueva etapa quedó cancelada por los ajustes menores de la semana pasada. El Presidente decidió seguir adelante con lo que tiene y, por tanto, los reforzamientos deberán imponerse por la vía de las acciones y los contenidos. La agenda de los próximos meses estará marcada por tres elementos centrales que, paradójicamente, se mantienen como anuncios sin definición gubernamental.


En el primero, el Ejecutivo ha manifestado su disposición a discutir cambios al sistema binominal, pero no ha explicitado nada de sus opciones de reemplazo. No hay aún ni una sola idea, ni una sola propuesta realizada por el Gobierno en ese plano, lo que ha impedido encauzar la discusión hacia aspectos más sustantivos. Lo mismo ocurre con la reforma tributaria, donde, más allá de las intenciones, la autoridad no ha estado todavía disponible para poner sobre la mesa un planteamiento concreto. Y en la tercera gran reforma, la educación, todo lo que el Gobierno ha entregado hasta la fecha fue consecuencia del manejo y la administración de una crisis, concesiones realizadas al fragor de la batalla, y no convicciones respecto de lo que el país necesita para resolver sus problemas y sus deudas de arrastre en esta materia.


Así las cosas, el Gobierno parece instalado en un extraño compás de espera: buscando consensos sin hacer aún planteamientos, y tentado a dejarse llevar en estos aspectos sustantivos por la dirección que impongan las circunstancias. Es una apuesta riesgosa, que incentiva y abre espacios para que, tal como ocurrió con el conflicto estudiantil, sea al final la calle la que imponga los términos del debate. En rigor, este temor al riesgo que suponen las definiciones ha sido uno de los factores que justifican la sensación de un gobierno «reactivo», que, como lo hemos visto en estos días y todo el último año, se ha dedicado a «apagar incendios». El miedo a mostrar sus cartas en las peleas estratégicas es una variable que, con seguridad, explica en algo por qué un segmento muy relevante de la gente de centroderecha se encuentra hoy día engrosando las filas de la desaprobación.


En resumen, el Gobierno parte el año aturdido por encuestas que lo muestran mejorando y empeorando a la vez; tratando de construir consensos sin explicitar convicciones y con la contienda municipal de octubre como telón de fondo. Resulta casi una crueldad afirmar que al Gobierno se le acabaron los años «fáciles» y que ahora vienen los «difíciles», al fragor de la disputa electoral. Pero, a pesar de todo, así es: se inicia un segundo tiempo donde cada día se sentirá más aroma a elecciones, en que habrá menos espacio aún para los acuerdos y donde las encuestas irán determinando las decisiones de un lado y de otro. Un escenario complejo, en el que Sebastián Piñera se jugará algo más que su propia gestión y donde su sector vivirá entre la tentación de permanecer firme junto al timón y al capitán, o correr simplemente en un «sálvese quien pueda».