Redondeo, bolsas de papel y efectos colaterales

Ramiro Mendoza

A propósito de un chapuzón en el agua de mar, cosa que hago muy infrecuentemente, sentí el agrado de nadar y el descontrol de las corrientes; mientras más trataba de salir, más sentía que me alejaba de la tierra firme y, claro, el asunto comenzó a transformarse en una desagradable sensación de soledad, ahogo y colapso definitivo. Pero como siempre uno es un amplificador de sus emociones, bastó pararme para darme cuenta de que podía salir caminando de esa inventada situación. Pienso que a veces nos sucede lo mismo en la vida frente a las decisiones públicas; los que las implementan olvidan o ignoran sus efectos colaterales y los que las vivimos olvidamos que podemos caminar y salir de los inconvenientes de aquellas.

Comencemos con el redondeo. Desde hace un tiempo, quienes fijan la política monetaria tomaron la decisión, por razones de costo y de realidad (ya no existían para los vueltos del comercio común), de que las monedas de uno y cinco pesos ya no se fabricarían y, por lo mismo, deberían dejar de circular. Para ello, bajo una sencilla fórmula se promueve el redondeo, hacia arriba o hacia abajo, de manera que nuestras cuentas siempre dan enteros por aproximación que facilitan el pago y las cuadraturas de rigor (salvo entre operaciones bancarias). Como se ve, la medida desde la atalaya del planificador o del implementador es pura facilidad y cero inconveniente.

El problema, sin embargo -y el efecto colateral de la medida-, lo han comenzado a sufrir las entidades de ayuda social que por años habían descubierto que la incomodidad de las monedas sobrantes les permitía, por medio de convenios con supermercados, farmacias y tiendas de diversa especie, colectar ese vuelto no deseado por un redondeo voluntario, por caridad, que muchos clientes incómodos con esas monedas dejaban en manos de un depositario temporal que al final se las transfería para las obras de bien social que ellas emprenden. Es cierto que muchos dudaban del destino final de esos recursos y antes que la caridad -de la que siempre se dudaba por la calidad del retenedor-, el abandono era más por comodidad que por solidaridad.

Pero ahora las noticias nos dan la señal de que la práctica del abandono de ese vuelto se ha comenzado a terminar y, con ello, estas organizaciones han comenzado a sufrir una nueva y patente fragilización de sus escuálidos recursos. Es el efecto colateral que nadie vio. Puede deberse a que las personas, los ciudadanos, cada vez confiamos menos en que ese vuelto llegará a su destino. O bien puede ser porque nos interesa poco la solidaridad. 

Si es por la primera razón, entonces estamos en una nueva oportunidad para identificar el mundo social en el que podemos y queramos aportar, saliendo entonces de la comodidad de la dádiva del vuelto y entrar al compromiso real y programado con el mundo social que nos motive el aporte. Hay muchas organizaciones (civiles y religiosas) que trabajan en la solidaridad y en la ayuda del otro, desde el cariz material, hasta el apoyo en las soledades en que muchos hoy se encuentran; es cosa de identificarlas, golpear sus puertas y comprometer aportes mínimos, pero que con regularidad permiten multiplicar el bienestar que ellas promueven. Ahora bien, ni siquiera quiero pensar en la segunda razón, ya que la evidencia solidaria que nos motiva frente a las inclemencias que con frecuencia sufrimos permite pensar que somos un pueblo solidario en la adversidad.

Un segundo tema que creo que tiene una dimensión de efectos impensados es el de las bolsas de papel. Amparados por ordenanzas municipales, muchos alcaldes han descubierto que esa varita normativa les permite -oblicuamente- convertirse en gestores de políticas públicas, desconectadas en 345 territorios y en otro haz numérico de ordenanzas casi todas desconocidas y cuya infracción depara multas que para muchos son significativas. Siempre la intervención comienza con el áurea de la novedad, normalmente con una identificación personal del bien propio del alcalde (o alcaldesa) que se confunde con el bien común, mejor aun cuando ese bien tiene trazos generales, como medio ambiente, animales, seguridad ciudadana, etc., y el bocado de cardenales es cuando la medida calza con grupos que usan las redes sociales. Hoy son las bolsas de papel. La incorporación de estas prohibiciones, como todas las prohibiciones, es a través del contagio. Se van copiando, unos a otros, sin que nadie ponga muchas luces sobre costos, impactos de la medida, trazabilidad de la ejecución y fin perseguido, es decir, todo lo que debe hacerse como política pública acá se logra por la intuición.

El problema, como siempre, son los efectos colaterales. En muchos supermercados de comunas donde se prohíben las bolsas plásticas, ya se ha tomado la medida de prescindir de los empaquetadores, puesto que o se llevan las bolsas o se compran adentro del supermercado las mismas -qué mejor negocio para el supermercado-. Es que cada uno de estos jóvenes que ya no sirve allí se devuelve a la calle, que es el lugar donde el entrenamiento apunta a otras aptitudes y donde las oportunidades vuelven a reducirse para un grupo que hace esfuerzos sanos de emprendimientos que se los volvemos a abatir. Esa es la gracia de las políticas públicas, que obviamente pueden errar, pero se formulan siempre tratando de ver los efectos que causan las decisiones públicas y que no dependen del voluntarismo novedoso de quienes necesitan ser aplaudidos por un espacio corto de tiempo.

Pero como en mi cuasi ahogamiento, la verdad es que el piso siempre está debajo de nuestros pies, y antes que nadar lo que debemos hacer es salir caminando. Rescatando la solidaridad de la displicencia del vuelto, y conservando la templanza al momento de firmar las ordenanzas, cuidando de no pasar a llevar la oportunidad que muchos requieren y piden para dar su mejor aporte a la sociedad. 

Ramiro Mendoza
Facultad de Derecho
Publicado el Sábado, 03 Febrero 2018 en El Mercurio