¿Qué culpa tiene Portales?

Juan Luis Ossa

Escuela de Gobierno
Revista Capital

Ya sea para enaltecer su labor política en las décadas de 1820 y 1830 o para culparlo de los males que nos aquejan desde los albores del régimen republicano, se tiende a otorgar a Portales un papel omnímodo en el devenir histórico del Estado chileno.


A pesar de sus diferencias, ambas corrientes (construidas consciente y esmeradamente) comparten una importante característica: ven a la historia política de Chile desde una perspectiva monolítica, como si el espíritu de Portales acechara todas y cada una de las decisiones políticas que se han tomado –y se toman– en nuestro país. Y lo cierto es que, a juzgar por lo que se vio en el Centro de Estudios Públicos a fines de enero, el espíritu de Portales está más vivo que nunca. En la ocasión, los senadores Ignacio Walker y Carlos Larraín presentaron y defendieron su proyecto conjunto de cambio de régimen político para Chile, para lo cual citaron continuamente el nombre de Portales –entendido éste como el político “indispensable” que configuró el orden republicano– como eje explicativo de su propuesta.


Reconozco que, previo a este encuentro, leí con gusto el documento preparado por ambos senadores; no tanto por su contenido, que necesita un poco de afinamiento, sino por atreverse, como dijera el propio Walker, a “romper el hielo” en la política chilena actual. Por ello, esperaba encontrarme en el CEP con una explicación más convincente sobre los motivos coyunturales que llevaron a las dos directivas a firmar este acuerdo que, en el papel, es novedoso. Rápidamente, no obstante, comprendí que ambos expositores preferirían enfatizar las razones dogmáticas e históricas que los condujeron por el camino del reformismo y que, por tanto, la coyuntura sería pasada por alto. Comprendí, asimismo, que Portales jugaría un papel central en su argumentación.


En efecto, Walker y Larraín repitieron varias veces su admiración por Portales. Sin embargo, coincidieron también en que el tiempo del “Gran Ministro” ya había “pasado”. El mundo cambió, nos dijeron, por lo que la necesidad de contar con un presidente fuerte, a lo Prieto (Portales nunca fue presidente), Bulnes y Montt se hacía innecesario. Así, pues, su defensa del semi-presidencialismo entroncaría con el fin de una época (¿habrán querido decir con ello que el “régimen portaliano” ha durado hasta la fecha?), marcado por la figura de un presidente todopoderoso, y el inminente comienzo de otra, signada ahora por el fortalecimiento del parlamento y de los partidos políticos.


Walker afirmó, con un grado de razón, que su afición por el semi-presidencialismo no es nueva; que se encuentra escrita en diversos trabajos publicados desde los setenta hasta la fecha. Por su parte, Larraín, con tono inteligente e ingenioso, afirmó que a lo largo de su vida había tomado suficientes “proteínas portalianas” y que, por ende, ya era hora de hacer un cambio. Sin embargo, ¿no es acaso un tanto obvio, además de retórico, argumentar que la hora de Portales ya pasó? Como historiador, habría preferido que no me intentaran convencer con argumentos anacrónicos sobre la mentada decadencia del presidencialismo. Por el contrario, habría deseado que me convencieran de la sabiduría de su postura a través de una explicación actual sobre los beneficios del semi-presidencialismo.


Algo soslayaron al respecto cuando, desde veredas opuestas, dieron su diagnóstico de la crisis gubernamental de Sebastián Piñera. Walker señaló que el presidente no era capaz de encarrilar a la coalición de gobierno, lo que me hizo pensar que éste había sido, quizás, el motivo coyuntural de la DC para restar poder al Ejecutivo. Larraín, por otro lado, dijo que el “obstruccionismo” de la Concertación hacia Piñera lo habían llevado a la conclusión de que el presidente no debía inmiscuirse en las trifulcas diarias; que para eso debía estar la figura del primer ministro.


Pero estas explicaciones opuestas –formuladas al pasar– dicen más relación con un otro que con ellos mismos. No hubo, efectivamente, ninguna mención a una posible alianza DC-RN por conseguir el centro, algo que a muchos se les ha pasado por la cabeza. Nada de un futuro regreso a los tres tercios, cuestión que sería verdaderamente reformista considerando que la centroderecha siempre ejerció el tercio más a la derecha. Nada relacionado con las aspiraciones de ambas directivas de (re)controlar a sus respectivos partidos. Nada concreto sobre el por qué del sigilo detrás de su propuesta, sobre todo considerando que el propio Larraín explicitó su afinidad por el semi-presidencialismo hace unos meses, en El Mercurio. Nada de por qué ahora, y no ayer o mañana. En vez, prefirieron sacar a Portales del baúl de los recuerdos aunque ahora, valga la paradoja en dos portalianos confesos, para desentenderse de su “legado”. Como si de esa forma nos explicaran toda la historia de Chile, además de los años venideros.


¿Qué tiene que ver Portales en todo esto? Nada. ¿Es Portales tan importante? Ni más ni menos que cientos o miles de otros. Sería bueno que nuestros políticos lo comprendieran y que, en consecuencia, defendieran sus proyectos haciendo uso de la historia pero con los ojos puestos en el presente.

 

Juan Luis Ossa
Escuela de Gobierno
Publicado el Viernes, 02 Marzo 2012