Por qué importan los partidos

Juan Luis Ossa

No es necesario militar en un partido político para resaltar el papel fundamental que juegan en una democracia representativa, en la creación de acuerdos y en la formulación de políticas públicas de largo alcance. Son, querámoslo o no, los pilares en los que se funda el régimen chileno, y por ello los intentos por deslegitimarlos, ya sea mediante aventuras personalistas o llamados a fundar "movimientos ciudadanos" —como si los partidos no estuvieran formados por ciudadanos—, debilitan tanto a sus directivas y militantes como a la estructura misma del sistema político.

La tradición partidista chilena puede retrotraerse a 1849, cuando José Victorino Lastarria y Federico Errázuriz sentaron las bases del futuro Partido Liberal (dejo afuera los intentos más facciosos que partidistas de "pipiolos" y "pelucones"). Por supuesto, los partidos chilenos han pasado por muchas y complejas etapas de desarrollo, algunas veces sofisticando los mecanismos democráticos otras muchas poniendo trabas a la participación de los ciudadanos comunes y corrientes. Pero lo que no puede cuestionarse es su rol articulador entre los poderes Ejecutivo y Legislativo, gracias a lo cual la política chilena logró un alto grado de institucionalidad. Incluso en la hora más dramática del siglo XX, los partidos políticos actuaron como amortiguador entre las fuerzas en pugna, cuestión interrumpida durante la dictadura de Pinochet cuando se decidió proscribirlos.

Durante la década de 1980, los partidos políticos volvieron en gloria y majestad, ya sea readecuando los principios que los habían llevado a la primera escena antes del golpe militar, o formulando nuevas propuestas (ese fue el caso, por ejemplo, de la UDI, RN y el PPD). Desde entonces, todos los presidentes democráticos han salido de las filas de los partidos políticos, todo un logro si consideramos el escenario más bien antipartidista de otros lugares de Latinoamérica.

El problema es que, de un tiempo a esta parte, los "movimientos" han venido a arrebatarles la legitimidad a los partidos históricos, aunque sin entregar soluciones de largo aliento a los problemas que nos aquejan. Dichos movimientos portan un discurso profundamente antipartidista, con el consecuente debilitamiento institucional de la política nacional.

Nadie dice que los partidos no deban reformarse, ni que sus estructuras no requieren de una participación más sofisticada. Sin embargo, ni los movimientos sociales ni los personalismos independientes son prueba infalible de una mejor democracia. En ese sentido, las renuncias de José Antonio Kast y de Manuel José Ossandón a la UDI y RN, respectivamente, no dicen tanto de lo mal que supuestamente lo hacen los partidos chilenos, sino del incontrolable deseo de elevarse como los guardianes de las buenas prácticas.

Una actitud peligrosamente mesiánica caudillesca y cortoplacista.

Juan Luis Ossa
Escuela de Gobierno
Publicado el Miércoles, 03 Agosto 2016 en La Segunda