No se vuelve a la casa de los papás

Cristóbal Bellolio

Escuela de Gobierno
Revista Capital

Ante el estado de relativa descomposición que presenciamos, algunos comentaristas y medios de comunicación anticipan que la próxima elección tendrá un carácter restaurativo. Según este análisis, las chilenas y los chilenos estarían buscando liderazgos capaces de proyectar autoridad y certidumbre, voz de mando y experiencia. En ese contexto, las mejores cartas serían dos ex mandatarios: Ricardo Lagos Escobar por la izquierda y Sebastián Piñera Echeñique por la derecha. El primero no sólo está siendo sondeado por el PPD, sino que además despierta entusiasmos transversales en los nostálgicos de la Concertación. Su incursión en el debate constituyente y la intensificación de sus actividades públicas revelan que no tiene intenciones de jubilarse de la escena. El segundo, no es misterio, se quedó con sabor a poco en su primera administración. Tiene a varios de sus ex ministros trabajando sigilosamente para su regreso a las pistas. Sabe que está un peldaño más arriba que los otros contendores de su sector. Lagos vs Piñera: duelo de titanes, pelea de pesos pesados, competencia de egos, carrera por demostrar quién es más estadista. Atractiva, sin duda. Pero que implicaría, una vez más, el fracaso de la estrategia de renovación de la elite política en Chile.

No es un fenómeno tan local, en cualquier caso. El prestigioso The Economist acaba de publicar una nota preguntándose por qué a los líderes latinoamericanos les cuesta tanto retirarse de la primera fila. Los ex presidentes, como pilas Duracell, nunca se dan por vencidos. Siempre están al acecho, esperando la oportunidad de volver al poder. Sería el caso de Álvaro Uribe en Colombia, Tabaré Vázquez en Uruguay, Alan García en Perú… y Ricardo Lagos en Chile (que asumiría con 80 años en marzo de 2018). Mientras ellos creen que estar disponibles es una señal de amor a la patria –para algunos sinceramente lo es– el efecto que provocan en su entorno político es un evidente bloqueo de las nuevas –y no tan nuevas– generaciones. La sombra que proyectan es suficiente para oscurecer el camino de los que vienen más atrás. Varios de ellos tienen problemas para entender que el ejercicio de liderazgo no se trata de volverse imprescindible, sino todo lo contrario.

Los padres deben saber cuándo dejar a sus hijos volar con alas propias. Y los hijos deben aprender a hacerle frente a las dificultades de la vida sin regresar a la casa paterna cada vez que las cosas andan mal. Es tentador, para cierta parte de la centroizquierda chilena e incluso para sectores liberales, descansar en el regazo de papá Lagos y dejar que su vozarrón calme las tempestades. Es igualmente tentador, para la derecha, peregrinar a Tantauco para que Piñera arregle a su particular manera el desaguisado mayúsculo que tiene su sector. Pero no más. Independiente de las condiciones que se presenten dentro de los próximos meses, me parece importante establecer un principio simple pero radical a la vez: no se vuelve a la casa de los papás. Los problemas políticos, económicos y sociales que tenemos en el nuevo Chile los podemos arreglar nosotros.

Material suficiente hay. En la izquierda, Marco Enríquez-Ominami ya se graduó de presidenciable serio. Las últimas encuestas lo posicionan como la carta más fuerte dentro del mundo progresista e incluso en un round de segunda vuelta contra Piñera. A falta de ME-O, la Nueva Mayoría tiene a Nicolás Eyzaguirre, Carolina Tohá, Isabel Allende, Ricardo Lagos-Weber, Claudio Orrego e Ignacio Walker. Por el centro, Andrés Velasco y Lily Pérez serían estupendos retadores por el cetro del renaciente ethos liberal. Por la derecha, Manuel José Ossandón, Andrés Allamand o Felipe Kast son todas posibilidades decentes. De hecho, una competencia a tres bandas entre ME-O, Velasco (o Lily en su defecto) y Ossandón sería tremendamente interesante desde el punto de vista de la claridad de la oferta ideológica: una opción socialista moderna, una liberal-laica y una conservadora socialcristiana. Si en cambio la contienda es Lagos vs Piñera, los contornos programáticos se difuminan para dar paso a la glorificación del caudillo.

No, no es necesario volver con el rabo entre las piernas a la casa del papá. Siempre estaremos agradecidos –como buenos hijos que somos– de los servicios prestados y los cariños recibidos. Pero cada vez que tocamos ese timbre se abre la puerta de nuestra propia incompetencia para resolver los problemas. Ya cometimos el error de esperar todas las respuestas de una figura maternal salvífica. No lo cometamos de nuevo. Obliguémonos a crecer.
 

Cristóbal Bellolio
Escuela de Gobierno
Publicado el Viernes, 07 Agosto 2015