No hay plata

Cristóbal Bellolio

Escuela de Gobierno
Las Últimas Noticias

No hay plata. Como una madre explicándole al insistente hijo de siete años que no puede comprarle el juguete nuevo. Aunque se lo haya prometido. Es que sencillamente no hay plata. Esa es la situación del gobierno después del acto de “sinceramiento y realismo” –como lo calificaron algunos medios- de la Michelle Bachelet. Con las expectativas de recaudación presentes, no se alcanzan a solventar las ambiciosas reformas que contemplaba el programa. Da lo mismo a estas alturas de quién sea la culpa: sin crecimiento sustantivo no baila el monito. La voz de alarma ya se había dado en algunos partidos oficialistas. Pero la confirmación de la Presidenta de cara al país marca un hito político.

Hace doce meses, la percepción era distinta. La gran pregunta de 2014 era si acaso el diagnóstico de la campaña había sido el correcto. Especialmente ante la arremetida de los apoderados de colegios particular subvencionados, varios en la Nueva Mayoría se preguntaron si acaso era cierto eso de que los chilenos querían cambiar el modelo. Si acaso no había sido un error calcar el libreto de “la calle” que atormentó al ex presidente Sebastián Piñera. En cambio, hoy la inquietud es distinta. Ya no se trata de poner en tela de juicio la narrativa que sustenta a las reformas. Esa etapa parece superada. La duda del 2015 es si acaso los recursos disponibles –económicos y políticos-  son suficientes para acometer las transformaciones estructurales que (todavía) Chile necesita.

Este giro en el discurso, aunque no lo parezca a primera vista, es un salvavidas retórico para La Moneda. Las administraciones que muestran la billetera jugosa no tardan en recibir pliegos de peticiones y demandas. Por el contrario, las que lloran miseria tienden a zafar del síndrome del Viejo Pascuero. Bachelet no está diciendo que los ideales que inspiraron su postulación y que orientan su segundo gobierno hayan cambiado. Los movimientos sociales pueden estar tranquilos: no es que no tengan razón, es que vamos a tener que avanzar más lento. Gradualidad, esa palabra que aprendieron a odiar las nuevas generaciones.

Por supuesto, también hay espacio de la crítica. Como han reconocido altos personeros de la ex Concertación, el proyecto Bachelet 2.0 comenzó apenas ganó Piñera. Tuvieron tiempo de sobra para prepararse. Pero no lo hicieron. O les falló el cálculo. Es comprensible que esta nueva camada de líderes de la centroizquierda desestime la tecnocracia noventera y quiera reivindicar el arte de la política. Pero sin el dominio técnico adecuado, la política se vuelve demagógica. Tirón de orejas para los que prometieron lo que no podían cumplir.
 

Cristóbal Bellolio
Escuela de Gobierno
Publicado el Domingo, 12 Julio 2015