No es país para viejos

Eric Goles
Facultad de Ingeniería
Pulso

Hace como cinco años? A comienzos de febrero -un calooor, ni un alma en las calles. Justo antes de volar a Santa Fe fui al cine. Daban la última película de los hermanos Coen: “No es país para viejos” (para variar candidata al Oscar). Y quedé pagando. El paisaje ya lo conocía: far west a la vena, frontera mexicana y todo eso. Belleza espeluznante, explosión de cielos morados, rojos, azules, púrpura, amarillos; cúmulos sacados de un cuadro de Magritte; la luna, todavía por salir, iluminando por detrás las montañas cortadas a cuchillo y te ibas metiendo en la historia, cual goloso moscardón, pistilo adentro, y ¡zas! que se cierra la corola y manducados somos porque el panorama es una trampa. Para que te mamaras la maldad… Nooo, ¡mucho más que cómplice! Ponerte malo, muy malo, todo eso que cargamos. Enchufarle al protagonista, Anton Chigurh, tu propia cara… Tampoco se trata de cualquier canallada, no. Maldad metafísica, fría, transparente, gratuita. Si hasta la chambita del desquiciado, caza-recompensas, vas columbrando que es una chapa… es más bien… un ángel exterminador, eso; y te faenará con escaso interés, sin vehemencia alguna, como resolver una ecuación… Cartesiano, el hijo de perra, te clavará, expedito, un pedazo de acero en el cerebro con su tubo de aire comprimido. En el aeropuerto de Los Angeles se me cruzó el libro origen del filme. De un tal McCarthy -ganador del Pulitzer decía la contratapa. Y si la película me había impresionado, ahí sí que me fui de espaldas: maestría es la palabra y unos diálogos que te dejan sin aliento:
 
-¿Crees que dios sabe lo que está pasando?
 
-Espero que sí.
 
-¿Y hará algo? ¿Lo detendrá?, ¿crees?
 
-No. No debe importarle mucho.
 
Cebado ya el animal, partí a la librería Borders. “Meridiano de sangre” fue el hallazgo. Cowboys épicos, desalmados, apocalípticos. Una banda de mercenarios dedicados a escalpar primero apaches, luego mexicanos… Sí hasta aparece un precursor de Chigurh: un albino descomunal. Especie de Moby Dick. La maldad en estado puro bogando por aquellos desiertos decorados con tripas y cabezas por doquier, collares de orejas, calvas sanguinolentas, carretas negras de flechas y de moscas, camionetas acribilladas, perros mutilados y la sangre que fluye, que ya cuaja, convirtiéndose en un ingrediente más para el ornamento y festejo del crepúsculo. Lo jodido es que todos se resignan y te aseguro que cualquier hipotético (quizá inexistente) lector, obnubilado por la belleza de esos páramos, se iría convenciendo que es como si lloviera o temblara: exclusivo asunto de la naturaleza, parte ineludible de la ciega maquinaria que construye el paisaje
 
Estaba invitado al Instituto de Sistemas Complejos y tuve que dar un seminario. Mientras los asistentes engullían pollo tandoori, hablé de Autómatas. Al final, me preguntaron un par de cosas. Alguien agregó que me habían publicado una novela. Después todos se fueron, salvo un vejete: botas de lagarto, jeans, corbatín tejano. Más bien bajo, pelo blanco, cabeza algo desmedida, ojos de lapislázuli. Brillantes a la vez opacos, como piedras mojadas… Sin preámbulos, me preguntó por mi novela. Comencé a describírsela hasta que me pareció que se aburría, así que le pregunté en qué investigaba.
 
-En nada de esto- respondió, con un ademán que abarcaba el instituto. Soy escritor. McCarthy. Cormac McCarthy- remató, estrechándome la mano. Me dolieron los dedos, se me cayó el pelo, me tiritaban las cañuelas… Entre eufórico y avergonzado, farfullé variadas incoherencias: disculpas por mi cháchara, que había leído algunos de sus libros… Honestamente, no me acuerdo de mucho más, salvo que, previa excusa mingitoria, abandoné el barco.
 
¿Casualidad?... Según el trastornado Chigurh, se trataría de un encuentro inevitable. Cada momento de tu vida es un giro, cada giro una elección y así, ineluctablemente, darás con el vejete… no hay alternativa. Claro que después de la guerra todos son generales. Como predecir el tiempo de ayer… Lo concreto es que, por lo que fuera, una de las voces más importantes de la literatura contemporánea asistió a mi seminario. Más aun, ¡me dirigió la palabra! Después me enteré que está ahí porque es amigo del premio Nobel Murray Gell-Mann, el de los quarks, uno de los creadores del instituto.
 
-¿Una fotito; algún autógrafo?-preguntó el incrédulo de Bloom.
 
-¡Cómo se te ocurre! Me dio cosa. Claro, siempre intercambiábamos civilidades. Incluso jugamos una partida de pool.
 
-¿Y quién ganó?
 
-¡Cómo puedes ser tan amermelado!... al rato me propuso definirla al cara o sello.
 
-Como Chigurh.
 
-Pedí sello. Lanzó la moneda, atrapándola sobre el dorso de la mano. La miró, me miró y me invitó a una cerveza.
 
-Entonces nunca supiste.
 
-A quién le importa.
 
-¿Dios conoce la respuesta, no?
 
-Sin duda.
 
-¿Y hará algo con eso?
 
-Seguro que nada. Debe importarle un comino.
 
-Oye, estamos repitiendo la misma conversación de hace un rato.
 
-Claro, porque andamos en círculos. Perdidos.
 
En plena pampa, contemplando el desmadre de morados, rojos, azules, púrpura, amarillos. Postrera pirotecnia que presagiaba la noche y su exagerado chorro de estrellas: sangre de los que fueron, de los que vendrán, de nosotros que amamos y tememos estos peladeros con empecinado y parejo rigor.
Eric Goles
Facultad de Ingeniería y Ciencias
Publicado el Martes, 06 Agosto 2013