Medio Oriente: ¿Cómo entender el conflicto?

Fernando Wilson

El Medio Oriente ha sido, desde los orígenes de la civilización, una zona de conflicto. Ya un milenio y medio antes de Cristo, el Imperio Medio Egipcio, el mundo anatólico de los hititas y el mundo mesopotámico disputaban en los territorios de la actual Palestina su predominio y liderazgo. Grecia, Roma y posteriormente Bizancio, establecerían su control sobre la zona, generando una dinámica de predominio que agrego sus propios aportes culturales a una superposición en la que comenzó a surgir una perspectiva que, generalmente ha sido denominada como Levantina, pero que no dejó de lado las dinámicas de choque y conflicto.

La llegada del islam representó un cambio drástico. Un mundo periférico al Imperio Bizantino, como lo eran las tribus árabes, encontró en él un credo y un impulso para expandir su fe, dominando la zona en un primer paso imperial que los llevaría a consolidar un mundo que dominaría además el Norte de África, la Península Ibérica y se expandiría al corazón de Asia. Los árabes serían sucedidos desde el siglo XV por los turcos otomanos. Un pueblo centro asiático dotado de una visión imperial formidable, y que se convertiría en la pesadilla de Occidente hasta el siglo XX.

Las particularidades del islam y sus múltiples vertientes implicarían una dinámica interna especialmente compleja, con docenas de interpretaciones en un difícil equilibrio que solo sería controlado hasta fines de la Primera Guerra Mundial por la presencia del Imperio Turco. Su desaparición, unida al colapso de los imperios europeos que tomaron la posta en la región después de la Segunda Conflagración, implicaría la reemergencia de estas sensibilidades, a las que se agregaría el difícil problema del retorno del mundo judío a lo que consideraban como su hogar ancestral.

Estado de Israel: 

La crisis generada por la creación simultánea del estado de Israel y la construcción de los Estados Árabes independientes generaría una sucesión de guerras que enfrentarían a estos mundos, los que azuzados por la Guerra Fría, convertirían al Medio Oriente en una de las regiones más conflictivas entre 1948 y 1991.

Los choques militares entre Israel y los Estados de Egipto, Siria, Líbano y Jordania abarcarían conflictos convencionales que verían algunos de los mayores enfrentamientos militares que el mundo ha visto en la era industrial, pero el resultado sería, al final, un empate. Ninguno de los bandos tenía la capacidad de imponerse sobre sus adversarios, especialmente si se contaba el patrocinio de los Estados Unidos para Israel, y de la URSS para la mayoría de los Estados Árabes.

Esta situación de tablas sería rota esencialmente por dos procesos. Primero, el mundo palestino y después el resto de las sociedades árabes descubriría que la imposibilidad material de derrotar militarmente a Israel era revertida a partir de instrumentos asimétricos o híbridos. Los ataques terroristas, la guerrilla y el empleo innovativo de instrumentos como los cohetes de artillería les devolverían un instrumento que generaría fuertes tensiones a la sociedad israelí. Esta nueva fase sería simbolizada por las insurgencias palestinas dentro de los territorios controlados por Israel, y que recibirían la denominación de intifadas.

A este proceso, lo acompañó la aparición de nuevos grupos árabes, que encontraron ahora un renovado interés en el islam como fuente de inspiración, cuestionando los modelos de desarrollo laico socialista que habían caracterizado a los Estados Árabes de primera generación, concebidos al calor del nacionalismo de inspiración europea y el patrocinio soviético.

Estos grupos no fueron solo adversarios de Israel, sino que cuestionaron a los propios Estados Árabes, y a corto andar, los procesos insurgentes comenzaron a expandirse al interior de Estados como Siria, Egipto e Iraq.

Confusamente denominados como Primavera Árabe, representaban puntos de quiebre profundamente locales, en los que la ecuación de poder generaría soluciones muy diferentes entre sí. En Egipto prevalecerían las fuerzas conservadoras, pero en Siria e Iraq, azotados por conflictos previos contra los Estados Unidos e Irán, se produciría un colapso institucional prácticamente total ante la llegada de actores como Isis, Al Nusra, etc.

Estos nuevos grupos, cercanos a interpretaciones literalistas del islam, desataron conflictos espantosamente sangrientos y que están aún lejos de concluir. Nuevos y viejos actores reclaman sus posiciones, y el propio Irán vuelve a la carga buscando reinstalar su posición en el Golfo Pérsico, en el marco de una Teocracia islámica shiita con fuertes aspiraciones de control en el Golfo Pérsico.

Ante una situación de esta complejidad, la vieja Turquía Otomana ha reconstruido su posición. Contradictoriamente, Mustafá Kemal declaró una república laica en 1923, pero la cercanía con Europa y la OTAN la mantuvo más alineada con el Conflicto Bipolar que con la política en sus antiguos dominios. Eso comenzó a cambiar con la llegada al poder de Tayip Erdogan. Líder islamista y populista no ha temido intervenir en Siria y hacerse parte de un conflicto que viene acompañado de nuevas ambiciones en la zona y en Asia Central.

Ciertamente, la región de Medio Oriente sigue siendo el corazón de uno de los conflictos más activos del mundo; choques culturales, religiosos y de poder se agregan a la condición de una de las principales fuentes de hidrocarburos del mundo. Con potencias nucleares declaradas e implícitas, es claramente un proceso complejo que requiere análisis y estudio para su comprensión.

Fernando Wilson
Facultad de Artes Liberales
Publicado el Domingo, 03 Diciembre 2017 en El Mercurio