Maldito Houellebecq

Cristóbal Bellolio

Escuela de Gobierno

Revista Capital

Houellebecq se quedó corto en su fantasía distópica. Aunque su pesimismo es estructural y los acontecimientos del último tiempo no debieran deprimirnos definitivamente, por lo menos el niño terrible de la literatura francesa imaginó –en su última novela Sumisión– un futuro en el cual los musulmanes llegarían al poder en su país a través de la vía democrática y por medio de negociaciones políticas. Sin embargo, algo en el ambiente se parece. La vigilancia tiritona de la paranoia muda, la desesperante ansiedad del estrés postraumático. Aquello que los reporteros gustan en denominar, sin reparar en el oxímoron, un estado de “tensa calma”.

Aunque Londres –donde me encuentro radicado– está a unos 300 kilómetros de París, la cercanía no es sólo geográfica. Pocos días después del atentado vino la selección gala a jugar un amistoso con Inglaterra. En un episodio sin precedentes, todo Wembley cantó la Marsellesa. Ignoro cuánto caudal empático se necesita para que una nación históricamente rival cante tu himno, pero me imagino que bastante. Miles de miles de franceses caminan por las calles de Londres y es inevitable no acompañarlos en su shock. Tengo alumnos y colegas franceses que veo todos los días. Hasta mi supervisora del doctorado es francesa.

Pero no sólo se trata empatía. Los londinenses tienen clarísimo que el delirio de los jihadistas bien puede desatarse aquí. A fin de cuentas, ya lo hicieron en 2005 en Tavistock Square, justo frente a mi facultad. Para apaciguar el nerviosismo, los expertos en seguridad insisten que las condiciones de entrada a la isla británica son más restrictivas que las que existen en el continente europeo, donde el tránsito por las fronteras es más expedito. Pero nadie cree realmente que sea razón suficiente para relajarse. Lunáticos que están dispuestos a volarse en pedazos por una ideología abrasante encontrarán la manera de hacer daño si así se lo proponen. O al menos, eso pienso mientras desembarco en las estaciones de metro de Euston o King’s Cross y me encuentro con un mar de policías que nunca habían estado ahí.

Lo anterior no es suficiente para infundirme miedo. Creo en la ley de las probabilidades. Pero sí es suficiente para generar condiciones de alerta. Más que antes, me interesa saber qué está pasando en Siria y cómo diablos las potencias mundiales pretenden arreglar este desaguisado. Como muchos, me debato entre dos extremos. Por un lado, mis deseos apuntan a la exterminación de la nauseabunda organización que se hace llamar Estado Islámico. No sólo por lo que hicieron en París o por lo que tienen en carpeta para el resto de sus enemigos en Occidente o en el propio mundo árabe, sino por la larga estela de grotesco sufrimiento y patética inhumanidad que vienen dejando en su camino desde hace un tiempo a esta parte. Como pocas veces, creo que la comunidad internacional está habilitada moralmente para declararle la guerra a una fuerza político-religiosa que combina varios elementos de lo que intuitivamente calificamos como maldad. Esta justificación sigue la idea de lo que Popper llamó la “paradoja de la tolerancia”: no estamos obligados a tolerar a los intolerantes, pues ellos tienen por objetivo destruir a los tolerantes.

Sin embargo, no soy tan ingenuo de creer que las guerras resuelven el problema. Como ha ocurrido tantas veces en la historia, se corta la cabeza del monstruo para luego sorprenderse ante el nacimiento de nuevas cabezas desde la herida. Una cosa es borrar del mapa la capacidad militar, logística y operativa de ISIS. Otra muy distinta es subsanar el odio y el resentimiento que naturalmente emergen en este tipo de conflictos. Todo esto sin mencionar el riesgo adicional que tiene una estrategia de combate frontal. Mucha gente prefiere contener el ánimo bélico no precisamente porque sean pacifistas, sino porque les aterra pensar en las represalias. A fin de cuentas, se dice, los islamistas eligieron Francia para castigar las incursiones de Hollande en territorio sirio.

Por de pronto, el escenario no pinta bien. Justos pagan por pecadores y sería extraño que estos episodios no incentivaran mayor islamofobia en Europa. He ahí una de las victorias de ISIS: atrincherados en sus guetos y olfateando la mala vibra, las comunidades musulmanas pueden agudizar sus diferencias con el mundo occidental que los rodea. En lugar de integración, la respuesta instintiva es división. Ya se han reportado varios hostigamientos. En Londres, una mujer mexicana fue tomada por arábiga y agredida verbalmente. Como mi pigmentación tampoco es muy pálida que digamos y por estos días luzco una larga y tupida barba negra, casi estoy esperando que alguien me mire feo.

Ganan también los grupos ultraderechistas que quieren cerrar las fronteras en general y rechazar el ingreso de refugiados en particular. El miedo es el mejor caldo de cultivo para el avance político de las ideas filoxenófobas. Finalmente, gana Rusia y gana Assad, lo que tampoco me parece que amerite celebración. Putin puede jactarse de que siempre tuvo razón respecto del verdadero enemigo común en Siria y no sería raro que la opinión pública francesa le exigiera a su gobierno que se olvide por un rato de sacar a Assad y se pliegue a los esfuerzos rusos en la zona. No deja de ser irónico: ISIS combate a muerte al autócrata sirio, pero sus atentados sólo sirven para perpetuarlo en el poder.

Aunque soy optimista por naturaleza, aquí no puedo serlo. Maldito Houellebecq.

 

Cristóbal Bellolio
Escuela de Gobierno
Publicado el Viernes, 27 Noviembre 2015