Los militares y la política

Juan Luis Ossa

 

Uno de los grandes dilemas que debió resolver el régimen republicano luego de la Independencia dice relación con el papel político de los militares. ¿Qué hacer con las fuerzas regulares e irregulares que, por más de una década, habían luchado durante la revolución? ¿Cómo desmovilizarlas luego de que el "Estado de Chile" se construyera precisamente desde el denominado "Ejército de Chile"?

A O'Higgins dicho dilema no le quitó mayormente el sueño, ya que su administración siguió un modelo fuertemente militarizado. Los problemas administración siguió un modelo fuertemente militarizado. Los problemas emergieron cuando Portales desvinculó del Ejército a los denominados oficiales "liberales". Desde entonces, el poder civil y el Ejército han experimentado momentos de mayor o menor soltura, aunque el debate ha girado generalmente sobre la misma interrogante: ¿Cuál debe ser la participación de los militares en una democracia representativa?

En la Guerra Civil de 1891, militares y marinos se arrogaron un rol deliberativo para defender sus respectivos proyectos políticos. Ibáñez hizo algo similar desde 1924, transformándose en el portavoz de una generación de militares crítica del sistema parlamentario. El actuar de Ibáñez no pasó, sin embargo, desapercibido frente a grupos de civiles que, liderados por el historiador Gonzalo Bulnes, se opusieron a lo que consideraron era una intervención desmesurada del ejército en política.

Entre la caída de Ibáñez y el gobierno de Allende, la injerencia de los militares fue menos explícita, pero no desapareció del todo. De hecho, la llegada de Carlos Prats al gobierno de Allende fue una correlación de lo que ocurriera en la década de 1920. Aunque su nombramiento morigeró brevemente las diferencias entre la UP y la oposición, la presencia de los militares en reparticiones civiles abrió las puertas a una intervención cada vez más explícita —y, en mi opinión, poco deseable— de las Fuerzas Armadas.

Digo poco deseable, pues, a partir del golpe de Estado, los militares jugaron un papel de suyo nocivo para la democracia. La junta encabezada por Pinochet llegó incluso a autoproclamarse como el único poder constituyente, haciendo del concepto de "seguridad nacional" un pilar de la actual Constitución. Así, no es de extrañar que el Ejército esté todavía a cargo de actividades eminentemente civiles (como, por ejemplo, del cuidado de los procesos electorales).

Por supuesto, los militares no viven ajenos a la realidad política y, por ende, es esperable que ejerzan algún grado de intervención pública. No obstante, constitucionalizar su poder político me parece improcedente (tan improcedente como hacer lo mismo con cualquier otro grupo de interés). Es de esperar que nuestra futura Constitución defina que la tarea de los militares no es más —pero tampoco menos— que la defensa nacional, y que, en ello, no es necesario participar de la política cotidiana y partidaria.

Escuela de Gobierno

La Segunda

Juan Luis Ossa
Escuela de Gobierno
Publicado el Miércoles, 11 Mayo 2016