Lo que dijo Turing

Eric Goles
Facultad de Ingeniería y Ciencias 
Pulso


Cómo elevarse tirando del cordón de los zapatos, fue la ociosa inquisición que ocupó mi caletre aquel extraño día. Feriado, para colmo fiestas patrias. Todo cerrado, ni un alma, cielo color lavaza, cordillera púrpura, hambriento, el refrigerador vacío o alguna de las anteriores. Por si las moscas, llamé al restaurante Le Fournil.

-Buenos días. ¿Está abierto?

-Y usted ¿qué cree? -respondió una especie de locutor FM.

-Perdóneme, pero puede que usted no sea.

-¿Cómo?

-Solo un algo: programa, inteligencia artificial, montón de bits. ¿Conoce el test de Turing?

-¿Sería tan amable de repetir lo que dijo?

-Lo que dijo, lo que dijo, lo que dijo, lo que…

-Desquiciado loco- fue lo que dijo, bastante ofuscado, lo que dijo (se me pegaron los platinos) y cortó, justo cuando iba a preguntarle, lo que dijo, sobre el test de Turing. Sin duda, me hubiese respondido lo que dijo: loco desquiciado, eso, lo que dijo… Claro, en esas circunstancias cualquiera se cabrea. En efecto, de ser una inteligencia artificial tendría ínfima memoria. Suficiente para almacenar el menú y cosas así. ¿Saber algo de Turing? Ni en pelea de perros. Además, el exabrupto no debería confundirnos: así están programadas. Si las apuran zafan con preguntas insólitas, incluso algún insulto. Por otra parte, si se trataba del mozo, no le pidamos que conozca el test… Muy humano entonces lo que dijo, pero ¿más que humano?... difícil disyuntiva, lucubrada ya por el fecundísimo en ardides: Alan Mathison Turing.

Lo más seguro es que usted, hipotético (quizá inexistente) lector, conozca o desconozca el mentado test. No importa. Lo que dijo Alan Mathison es que si usted chatea con un programa y sostiene que lo hace con una persona, entonces, para todos los efectos prácticos, la cosa es inteligente. Eso es lo que dijo. Por ello, suspicaz, me he convertido en el santo Tomás de lo virtual. Ver para creer, el dedo en la llaga y todo eso, porque la realidad zozobra en un universo plagado de trampas, colocándonos siempre en el peor de los casos. Lo falso, el simulacro, son densos en el dominio de las cosas que (todavía) ¿aparentan? ser.

Para mayor abundamiento, le aseguro con encumbradísima probabilidad que la dilución repta a los pies de su cama: cansado, la gullivera echa papilla, llega de la oficina, engulle cualquier cosa, al sobre y al zapping. Situación que lo conducirá ineluctablemente a esos reality que infectan aquel cosmos chabacano. Exuberantes sirenas electromagnéticas intentarán captar su atención, menos con su modestísima cháchara que mediante la exhibición de silicónicos trozos de dudosa anatomía… Bastaría un elementalísimo diálogo para columbrar que trata con androides, simulacros… ¿la duda instalada en su sesera? ¿Captó?: ¡la nada filtrándose por sus pupilas como si nada! ¿Todavía no se convence?

Fíjese en esta crónica, o como se llame. ¿Cuántas veces se repite lo que dijo? ¿No le parece que la ecolalia es menos un recurso para alcanzar el número de palabras exigido por el tiránico editor que un error de programación? Ya, ahora sí, ¡bingo!: descubrió que está leyendo las confusas divagaciones de un programa que se hace llamar como me llamo, que escribe lo que dijo (perdón, lo que digo), que me usurpa, contaminando de irrealidad esta paradójica denuncia, pues el denunciante es el mismísimo acusado: ventrílocuo enmarañado irremediablemente con su marioneta… entonces ¿quién acusa, qué se queja, quién escribe?

Dilucidar este enredo es como intentar elevarse tirando del cordón de los zapatos… ¡Basta de gilipolladas Sr. Goles! o quien (o que) sea: no hay mejor medicina que el algoritmo del mentado santo para separar el grano de la paja. Así que ¡manos a la obra! Al menos patas, ya que nuestro interlocutor, sin dilación alguna, coraje hasta los dientes, cansino paso y flaquezas sacadas de la fuerza, puso rumbo al Le Fournil. Cuestión de averiguar con que (o quien) había hablado. Estaba helado, persistía el tormentoso cielo gris, un vejete intentaba infructuosamente atravesar la calle. A cosa de una cuadra se percató de que estaba abierto. A escasos metros de que penaban las ánimas.

El mozo era la fidedigna copia del barman del filme "El resplandor": sonrisa evanescente, semblante desvaído, zapatos de charol, pantalón negro, camisa blanca, chaleco de listones, corbatín púrpura de aterciopelado lazo. Dándome ánimo, aunque diente con diente y tiritando, pedí un brunch. ¿Cómo desea los huevos: celestinos, fritos o revueltos?, preguntó con voz FM… ah era usted, dije asaz aliviado, al constatar su convincente humanidad y procedí a explayarme, canchero, en variadas menudencias del diálogo matinal: lo que me dijo, que me dijo, lo…

-Sin duda se equivoca el Señor: desgraciadamente el teléfono está descompuesto desde ayer.

-¿Evidentemente, tampoco sabe nada del gran Turing? -le pregunté, irónico (también algo amostazado).

-¿Sería tan amable de repetir lo que dijo?

Lo que dijo, loquedijo… salmodiaba, pellizcándome el alma, aferrándome a cualquier cosa pasablemente verdadera: ese aroma de pan recién horneado, el corbatín escarlata, aquel ¿gato? que jamás terminaría de cruzar la calle… ¿Sabe?, le dije, jugándome el todo por el todo: tráigame mejor… dos empanadas de pino y… una ginger light.

Eric Goles
Facultad de Ingeniería y Ciencias
Publicado el Miércoles, 06 Noviembre 2013